Testimonio
Congreso Teológico – Pastoral
Arequipa, 20 de
julio 2011
Dante E.
Zegarra López
Buenas noches.
Hace unos días, cuando reflexionaba sobre lo que
había significado en mi vida y en la vida de nuestra ciudad, la visita del Papa
Juan Pablo II, traté de ordenar mis recuerdos, buscando la respuesta en el origen de cada uno de
ellos. En ese afán, lo primero en que caí en cuenta fue que, cualquier
persona que actualmente tenga más de 32 años puede tener su propio recuerdo, por
más borroso que sea éste, de esa trascendental visita.
Es posible, que hasta el momento, muchos no nos
hayamos detenido a sistematizar nuestros recuerdos y tampoco a ponderar la
importancia de estos y su trascendencia en nuestra vida personal y comunitaria.
Para hacerlo, es necesario ubicarnos en el tiempo
y en los acontecimientos, teniendo en consideración que cada hecho es producto
de muchos otros.
Cuando a fines de 1981, llegó la noticia que el
Papa Juan Pablo II había acogido favorablemente el voto emitido por la Sagrada
Congregación para la causa de los santos, sobre el milagro operado, por la intercesión
de Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, muy pocos repararon en la posibilidad que
el Papa visitara Arequipa.
En el documento emitido, el Papa había dejado
abierta la fecha para tal acontecimiento, empleando la frase latina
“quandocunque devéniri possit”.
En 1983, en todo el mundo se celebraba el Año
Santo de la Redención con gran devoción. Además de una serie de actividades,
ese año fue circunstancia propicia para que el prelado de Arequipa publicara
una carta pastoral sobre la Sagrada Liturgia. En los tres capítulos de tal
documento, nos presentó a la Liturgia como Escuela de Formación; medio de
evangelización y fuente de la vida cristiana.
Pero nuestro país, por esos días, enfrentaba una
escalada del terrorismo, que se iniciara en el campo y llegaba a las ciudades.
La migración del campo a la ciudad se hacía más patente y traía consigo, en el
caso de Arequipa, un sincretismo religioso, en unos casos y la presencia abrupta de sectas que alteraban
en panorama de la “Roma del Perú”, en otros.
El cinturón de evangelización que supuso, en la
década del 60, la obra del padre Carlos Pozzo y sus Círculos Católicos,
requería de un esfuerzo mayor, porque la mies era mucha y los operarios pocos.
Los laicos, a pesar de los casi 20 años que habían pasado del Decreto sobre el
Apostolado de los Seglares, que aprobara el Concilio Vaticano II, recién
comenzábamos a asumir nuestras responsabilidades.
Es en medio de este panorama que el arzobispo Fernando
Vargas Ruiz de Somocurcio, tuvo que viajar a Vaticano, probablemente a
participar de la Visita ad Limina. Antes de hacerlo comentó a su Obispo
Auxiliar, monseñor Felipe Zalba Elizalde, “tengo un sueño, que la Virgen de
Chapi nos visite en este año Santo de la Redención”. Y le encargó que con el
padre Jorge Carlos Beneito hiciera realidad ese sueño.
Aunque mucha gente asoció la sequía con la visita
de la Virgen de Chapi a Arequipa, tengo una lectura personal sobre el hecho, a
la luz de lo vivido, del tiempo y las circunstancias. Es cierto que en años
anteriores hubo una sequía, pero la visita de la Virgen de Chapi se produjo entre
los últimos días de noviembre y los primeros días de diciembre de 1983, antes del
habitual período de lluvias.
Tal como lo relató el Boletín del Arzobispado: Ut
Unun sint: la visita de la Virgen fue el gran acontecimiento, un acontecimiento
inimaginable. Una locura para casi todos, pero una locura feliz.
Por primera vez en un siglo, salió, no sin dificultades y
problemas la Virgen de Chapi de su santuario para visitar Arequipa, pasando por
todos los pueblos del recorrido y pernoctando en cada uno.
Quienes tuvimos intimidad con los acontecimientos,
recordamos con humildad la lección espiritual de nuestro pueblo. Cuando ellos
hablaban de la Virgen de Chapi, no lo asociaban con una imagen de madera y yeso,
sino como la encarnación de nuestra Madre y, cuando ellos hablaban de un
traslado con seguridad para ella, no pensaban como nosotros, en un furgón
herméticamente cerrado resguardado por soldados armados hasta los dientes.
Ellos pensaban en un vehículo cómodo, con amplias ventanillas y el
acompañamiento de policías desarmados.
También, fue tiempo para que pudiéramos apreciar
la comunión de nuestro pueblo con su jerarquía. Ninguna objeción, por grande
que fuese hasta ese momento, fue valedera cuando el pueblo escuchó la voz de su
Pastor, que revestido con sus ornamentos llegó hasta ellos y explicó por qué
debía la Virgen peregrinar a Arequipa.
Seis días de devoto peregrinaje. Fue un constante
avanzar, cada día con una multitud más nutrida, entre lágrimas de fervor,
cánticos y oraciones.
El día 3 de diciembre entró la imagen de la
Santísima Virgen a la ciudad. La multitud era incalculable. Todo el recorrido,
los balcones y azoteas, las calles y plazas abarrotadas de gente, en medio de
una devoción profunda.
La plaza de Armas resultó estrecha para congregar
a la inmensa multitud. Ese día el Alcalde de la ciudad le colocó la medalla de
Oro de la Ciudad. Cinco días después los altos jefes de las Fuerzas Armadas y
el Prefecto le impusieron sus más altas condecoraciones. Durante siete días la
Virgen de Chapi en la catedral congregó a jóvenes, familias, religiosos,
enfermos y obreros.
El sábado 10 en una marcha más nutrida que la del
ingreso, llegó la Virgen al Estadio Melgar. De allí, en medio de oraciones y
cánticos, la tomó un helicóptero de la FAP para conducirla primero al pueblo
joven de Bella Pampa, luego a Quequeña y por fin a Pocsi para de allí seguir
procesionalmente a su santuario.
El sueño del arzobispo se hizo realidad. Sueño que
fue preludio de otro.
Es evidente, que en la realización del Plan de
Dios, la paciencia histórica se hace presente.
En mayo de 1984, en el Boletín del Arzobispado se
anunciaba oficialmente la visita del Papa en 1985. Había llegado el momento que
la frase latina “quandocumque deveniri possit” se hiciese realidad.
Un mes después, en junio, la Conferencia Episcopal
Peruana confirmó el anuncio emitiendo una Pastoral Colectiva, en la que se
puntualizó que la preparación de la visita papal debía ser asumida como una
auténtica conversión personal; como una exigente renovación familiar; como una
profunda vivencia eclesial y como una preocupación salvífica por el mundo.
Por esos días, el arzobispo emitió el Decreto 045,
en que reconoció y aprobó el Consejo Arquidiocesano de Laicos, aprobando además
su directiva, considerando que los movimientos de apostolado laical,
constituyen en la actual pastoral de la Iglesia, un valioso apoyo para el
desarrollo de la pastoral conjunta.
Fueron días de intensa labor vinculada con la
anunciada visita papal. En Arequipa, inicialmente se formaron 12 comisiones con
95 integrantes. Poco después las comisiones se elevaron a 17 y el número de
integrantes superó los 120.
Recordando actividades, uno puede afirmar que la
preparación espiritual para recibir al Obispo de Roma, fue a la par, con las
actividades materiales para hacer de esta un recuerdo inolvidable, como lo es.
La Comisión de Misiones, Predicación y Catequesis
puso en circulación el libro: “Vivamos nuestra fe” conteniendo un total de 26
temas relacionados a la catequesis fundamental con el objetivo de promover en
el pueblo de Dios una renovación cristiana.
Esa misma comisión coordinó una cruzada misional en Caylloma y pueblos
aledaños con la participación de catequistas de la Escuela Arquidiocesana de
Catequesis y del Instituto Secular Cordimariano.
Peregrinaciones a santuarios marianos de la
ciudad, ciclos de conferencias sobre la doctrina social de la Iglesia,
actividades académicas como el Congreso Internacional sobre la Reconciliación
con actividades artísticas como el de la “Evangelización a través del Canto”
renovaron y mantuvieron el espíritu religioso ante la proximidad de la visita
del Papa Juan Pablo II.
Esas actividades se estrecharon con las visitas de
coordinación del Programa Papal, que realizaron el Asistente Ejecutivo de la
Comisión del Episcopado Peruano, Carlos Neyra Martín y del coordinador de
viajes del Papa, monseñor Roberto Tucci.
El programa inicial estimó que Juan Pablo II
llegaría a las 7:30 al Aeropuerto Rodríguez Ballón de donde se trasladaría al
campo papal para coronar a la Virgen de Chapi y Beatificar a Sor Ana de los
Ángeles Monteagudo. Concluida la ceremonia, el Santo Padre se dirigiría a la
Basílica Catedral donde rezaría el Rosario en una transmisión vía satélite, por
coincidir su visita con el primer sábado del mes. Previo al almuerzo privado,
se programó una visita al Monasterio de Santa Catalina.
Mientras el Pueblo católico de Arequipa se
preparaba gozosamente, las sectas y los enemigos de la Iglesia emprendieron una
sistemática campaña contra la figura del Papa. Llegaron a llamarlo el anticristo.
El pueblo católico respondió colocando en sus puertas un aviso que decía: Este
Hogar es católico. Nosotros sí veneramos a la Virgen Nuestra Madre, creemos en
los santos y en la autoridad del Papa.
A los
movimientos de Iglesia se le asignó la responsabilidad de formar un semicírculo
de seguridad de 16 mil personas, alrededor del altar, habiéndose decidido que
por ser una vista pastoral, las fuerzas del orden no tendrían participación en
el interior del campo papal.
Llegado el día de la visita, ésta se desarrolló en
la forma prevista, restringida únicamente a la ceremonia de coronación de la
imagen de la Virgen de Chapi y la beatificación de sor Ana de los Ángeles
Monteagudo.
Su Santidad, quien llegó afectado de una fuerte
fiebre, dejó una intensa impresión personal en cada una de las personas que lo
vivaron y acompañaron a lo largo de las calles y en campo eucarístico, al
extremo que en varias oportunidades se rompieron las barreras de seguridad.
Frente a la casa arzobispal, unos cientos de
personas, lograron instalarse y hacerle entrega de algunos presentes. Entre
ellos, quien les habla tuvo la oportunidad de postrado a los pies del Papa,
entregarle los dos primeros ejemplares del libro Monasterio de Santa Catalina
de Sena de Arequipa y doña Ana de Ángeles Monteagudo, priora.
La despedida del Papa en el aeropuerto Rodríguez
Ballón, fue también una explosión de júbilo, al extremo que una multitud de
jóvenes llegara a rodearlo, al pié de la escalinata de su avión.
Tras la visita papal, la iglesia arequipeña
motivada, siguió una dinámica de formación y de actividades, reforzando el
surgimiento y fortalecimiento de los movimientos laicales de iglesia. Producto
de esa efervescencia después de la visita del Papa fue el Primer Congreso
Peruano de Historia Eclesiástica y la convocatoria a un Sínodo Diocesano, que
fue diferido para una mejor oportunidad.
A la distancia del tiempo, quienes tuvimos la
oportunidad de haber participado en los días previos y durante la visita del
papa Juan Pablo II a nuestra ciudad, guardamos en nuestros corazones y nuestra
memoria el recuerdo imborrable de su figura, de su enseñanza y de su ejemplo.
Podemos decir que tuvimos la oportunidad de estar cerca de un hombre santo, que
la iglesia ya reconoce como Beato y que con su vida nos ha enseñado el camino
de la santidad en nuestros tiempos.
Muchas gracias.
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