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Dante E. Zegarra López, Periodista, Arequipa (Perú)

domingo, enero 07, 2018


Testimonio
Congreso Teológico – Pastoral

“Juan Pablo II – Testigo de esperanza”

Arequipa, 20 de julio 2011
Dante E. Zegarra López


Buenas noches.
Hace unos días, cuando reflexionaba sobre lo que había significado en mi vida y en la vida de nuestra ciudad, la visita del Papa Juan Pablo II, traté de ordenar mis recuerdos, buscando  la respuesta en el origen de cada uno de ellos.  En ese afán, lo primero  en que caí en cuenta fue que, cualquier persona que actualmente tenga más de 32 años puede tener su propio recuerdo, por más borroso que sea éste, de esa trascendental visita.
Es posible, que hasta el momento, muchos no nos hayamos detenido a sistematizar nuestros recuerdos y tampoco a ponderar la importancia de estos y su trascendencia en nuestra vida personal y comunitaria.
Para hacerlo, es necesario ubicarnos en el tiempo y en los acontecimientos, teniendo en consideración que cada hecho es producto de muchos otros.
Cuando a fines de 1981, llegó la noticia que el Papa Juan Pablo II había acogido favorablemente el voto emitido por la Sagrada Congregación para la causa de los santos, sobre el milagro operado, por la intercesión de Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, muy pocos repararon en la posibilidad que el Papa visitara Arequipa.
En el documento emitido, el Papa había dejado abierta la fecha para tal acontecimiento, empleando la frase latina “quandocunque devéniri possit”.
En 1983, en todo el mundo se celebraba el Año Santo de la Redención con gran devoción. Además de una serie de actividades, ese año fue circunstancia propicia para que el prelado de Arequipa publicara una carta pastoral sobre la Sagrada Liturgia. En los tres capítulos de tal documento, nos presentó a la Liturgia como Escuela de Formación; medio de evangelización y fuente de la vida cristiana.
Pero nuestro país, por esos días, enfrentaba una escalada del terrorismo, que se iniciara en el campo y llegaba a las ciudades. La migración del campo a la ciudad se hacía más patente y traía consigo, en el caso de Arequipa, un sincretismo religioso, en unos casos y   la presencia abrupta de sectas que alteraban en panorama de la “Roma del Perú”, en otros.
El cinturón de evangelización que supuso, en la década del 60, la obra del padre Carlos Pozzo y sus Círculos Católicos, requería de un esfuerzo mayor, porque la mies era mucha y los operarios pocos. Los laicos, a pesar de los casi 20 años que habían pasado del Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, que aprobara el Concilio Vaticano II, recién comenzábamos a asumir nuestras responsabilidades.
Es en medio de este panorama que el arzobispo Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, tuvo que viajar a Vaticano, probablemente a participar de la Visita ad Limina. Antes de hacerlo comentó a su Obispo Auxiliar, monseñor Felipe Zalba Elizalde, “tengo un sueño, que la Virgen de Chapi nos visite en este año Santo de la Redención”. Y le encargó que con el padre Jorge Carlos Beneito hiciera realidad ese sueño.
Aunque mucha gente asoció la sequía con la visita de la Virgen de Chapi a Arequipa, tengo una lectura personal sobre el hecho, a la luz de lo vivido, del tiempo y las circunstancias. Es cierto que en años anteriores hubo una sequía, pero la visita de la Virgen de Chapi se produjo entre los últimos días de noviembre y los primeros días de diciembre de 1983, antes del habitual período de lluvias.
Tal como lo relató el Boletín del Arzobispado: Ut Unun sint: la visita de la Virgen fue el gran acontecimiento, un acontecimiento inimaginable. Una locura para casi todos, pero una locura feliz.
Por primera vez  en un siglo, salió, no sin dificultades y problemas la Virgen de Chapi de su santuario para visitar Arequipa, pasando por todos los pueblos del recorrido y pernoctando en cada uno.
Quienes tuvimos intimidad con los acontecimientos, recordamos con humildad la lección espiritual de nuestro pueblo. Cuando ellos hablaban de la Virgen de Chapi, no lo asociaban con una imagen de madera y yeso, sino como la encarnación de nuestra Madre y, cuando ellos hablaban de un traslado con seguridad para ella, no pensaban como nosotros, en un furgón herméticamente cerrado resguardado por soldados armados hasta los dientes. Ellos pensaban en un vehículo cómodo, con amplias ventanillas y el acompañamiento de policías desarmados.
También, fue tiempo para que pudiéramos apreciar la comunión de nuestro pueblo con su jerarquía. Ninguna objeción, por grande que fuese hasta ese momento, fue valedera cuando el pueblo escuchó la voz de su Pastor, que revestido con sus ornamentos llegó hasta ellos y explicó por qué debía la Virgen peregrinar a Arequipa.
Seis días de devoto peregrinaje. Fue un constante avanzar, cada día con una multitud más nutrida, entre lágrimas de fervor, cánticos y oraciones.
El día 3 de diciembre entró la imagen de la Santísima Virgen a la ciudad. La multitud era incalculable. Todo el recorrido, los balcones y azoteas, las calles y plazas abarrotadas de gente, en medio de una devoción profunda.
La plaza de Armas resultó estrecha para congregar a la inmensa multitud. Ese día el Alcalde de la ciudad le colocó la medalla de Oro de la Ciudad. Cinco días después los altos jefes de las Fuerzas Armadas y el Prefecto le impusieron sus más altas condecoraciones. Durante siete días la Virgen de Chapi en la catedral congregó a jóvenes, familias, religiosos, enfermos y obreros.
El sábado 10 en una marcha más nutrida que la del ingreso, llegó la Virgen al Estadio Melgar. De allí, en medio de oraciones y cánticos, la tomó un helicóptero de la FAP para conducirla primero al pueblo joven de Bella Pampa, luego a Quequeña y por fin a Pocsi para de allí seguir procesionalmente a su santuario.
El sueño del arzobispo se hizo realidad. Sueño que fue preludio de otro.
Es evidente, que en la realización del Plan de Dios, la paciencia histórica se hace presente.
En mayo de 1984, en el Boletín del Arzobispado se anunciaba oficialmente la visita del Papa en 1985. Había llegado el momento que la frase latina “quandocumque deveniri possit” se hiciese realidad.
Un mes después, en junio, la Conferencia Episcopal Peruana confirmó el anuncio emitiendo una Pastoral Colectiva, en la que se puntualizó que la preparación de la visita papal debía ser asumida como una auténtica conversión personal; como una exigente renovación familiar; como una profunda vivencia eclesial y como una preocupación salvífica por el mundo.
Por esos días, el arzobispo emitió el Decreto 045, en que reconoció y aprobó el Consejo Arquidiocesano de Laicos, aprobando además su directiva, considerando que los movimientos de apostolado laical, constituyen en la actual pastoral de la Iglesia, un valioso apoyo para el desarrollo de la pastoral conjunta.
Fueron días de intensa labor vinculada con la anunciada visita papal. En Arequipa, inicialmente se formaron 12 comisiones con 95 integrantes. Poco después las comisiones se elevaron a 17 y el número de integrantes superó los 120.
Recordando actividades, uno puede afirmar que la preparación espiritual para recibir al Obispo de Roma, fue a la par, con las actividades materiales para hacer de esta un recuerdo inolvidable, como lo es.
La Comisión de Misiones, Predicación y Catequesis puso en circulación el libro: “Vivamos nuestra fe” conteniendo un total de 26 temas relacionados a la catequesis fundamental con el objetivo de promover en el pueblo de Dios una renovación cristiana.
Esa misma comisión coordinó  una cruzada misional en Caylloma y pueblos aledaños con la participación de catequistas de la Escuela Arquidiocesana de Catequesis y del Instituto Secular Cordimariano.
Peregrinaciones a santuarios marianos de la ciudad, ciclos de conferencias sobre la doctrina social de la Iglesia, actividades académicas como el Congreso Internacional sobre la Reconciliación con actividades artísticas como el de la “Evangelización a través del Canto” renovaron y mantuvieron el espíritu religioso ante la proximidad de la visita del Papa Juan Pablo II.
Esas actividades se estrecharon con las visitas de coordinación del Programa Papal, que realizaron el Asistente Ejecutivo de la Comisión del Episcopado Peruano, Carlos Neyra Martín y del coordinador de viajes del Papa, monseñor Roberto Tucci.
El programa inicial estimó que Juan Pablo II llegaría a las 7:30 al Aeropuerto Rodríguez Ballón de donde se trasladaría al campo papal para coronar a la Virgen de Chapi y Beatificar a Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Concluida la ceremonia, el Santo Padre se dirigiría a la Basílica Catedral donde rezaría el Rosario en una transmisión vía satélite, por coincidir su visita con el primer sábado del mes. Previo al almuerzo privado, se programó una visita al Monasterio de Santa Catalina.
Mientras el Pueblo católico de Arequipa se preparaba gozosamente, las sectas y los enemigos de la Iglesia emprendieron una sistemática campaña contra la figura del Papa. Llegaron a llamarlo el anticristo. El pueblo católico respondió colocando en sus puertas un aviso que decía: Este Hogar es católico. Nosotros sí veneramos a la Virgen Nuestra Madre, creemos en los santos y en la autoridad del Papa.
 A los movimientos de Iglesia se le asignó la responsabilidad de formar un semicírculo de seguridad de 16 mil personas, alrededor del altar, habiéndose decidido que por ser una vista pastoral, las fuerzas del orden no tendrían participación en el interior del campo papal.
Llegado el día de la visita, ésta se desarrolló en la forma prevista, restringida únicamente a la ceremonia de coronación de la imagen de la Virgen de Chapi y la beatificación de sor Ana de los Ángeles Monteagudo.
Su Santidad, quien llegó afectado de una fuerte fiebre, dejó una intensa impresión personal en cada una de las personas que lo vivaron y acompañaron a lo largo de las calles y en campo eucarístico, al extremo que en varias oportunidades se rompieron las barreras de seguridad.
Frente a la casa arzobispal, unos cientos de personas, lograron instalarse y hacerle entrega de algunos presentes. Entre ellos, quien les habla tuvo la oportunidad de postrado a los pies del Papa, entregarle los dos primeros ejemplares del libro Monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa y doña Ana de Ángeles Monteagudo, priora.
La despedida del Papa en el aeropuerto Rodríguez Ballón, fue también una explosión de júbilo, al extremo que una multitud de jóvenes llegara a rodearlo, al pié de la escalinata de su avión.
Tras la visita papal, la iglesia arequipeña motivada, siguió una dinámica de formación y de actividades, reforzando el surgimiento y fortalecimiento de los movimientos laicales de iglesia. Producto de esa efervescencia después de la visita del Papa fue el Primer Congreso Peruano de Historia Eclesiástica y la convocatoria a un Sínodo Diocesano, que fue diferido para una mejor oportunidad.
A la distancia del tiempo, quienes tuvimos la oportunidad de haber participado en los días previos y durante la visita del papa Juan Pablo II a nuestra ciudad, guardamos en nuestros corazones y nuestra memoria el recuerdo imborrable de su figura, de su enseñanza y de su ejemplo. Podemos decir que tuvimos la oportunidad de estar cerca de un hombre santo, que la iglesia ya reconoce como Beato y que con su vida nos ha enseñado el camino de la santidad en nuestros tiempos.
Muchas gracias.