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Dante E. Zegarra López, Periodista, Arequipa (Perú)

domingo, enero 07, 2018


GORRO: Hace 20 años pasó el Vicario de Cristo por nuestra ciudad

¿Cuáles son las lecciones de la visita del Papa a Arequipa?

INTRODUCCIÓN: El periodista católico Dante Zegarra López, nombrado por Mons. Fernando Vargas miembro de la Comisión Organizadora de la visita papal, reflexiona sobre el significado de estos 20 años, de cara al futuro de la Iglesia en Arequipa

—¿Qué es lo primero que viene a tu mente al celebrarse estos 20 años de la visita del Papa a Arequipa?

—Que para la Iglesia en Arequipa, ese 2 de febrero de 1985 comenzó un nuevo capítulo. Capítulo que nos toca a nosotros escribir siguiendo el mensaje que nos trajo Juan Pablo II al proponernos a una monja de clausura como modelo de vida y al ratificar la vocación mariana de Arequipa, coronando a la imagen de la «Mamita de Chapi».

—¿Qué significa para los arequipeños que se esté cumpliendo este aniversario especial?

—Creo que estos veinte años nos imponen una reflexión permanente de nuestro decir y nuestro vivir. Significa un recuerdo de intenciones que debemos renovar en el cada día de nuestras vidas. Igualmente significa revivir en nuestros corazones aquella invitación de Juan Pablo II, a hacer de la Cruz de la Pasión el símbolo de nuestra fidelidad a Cristo y al hombre por Él.

Juan Pablo II al despedirse del Perú, en aquella primera visita nos dejó como encargo tener la Cruz de la Pasión como símbolo de fidelidad «frente a quienes os invitan a abandonar vuestra fe o la Iglesia en que os hicisteis cristianos; frente a quienes os invitan al materialismo teórico o práctico; frente a quien os muestra caminos de violencia; frente a quien practica la injusticia o no respeta el derecho de los otros».

—¿Cuáles son las lecciones de aquel 2 de febrero que los arequipeños deben rescatar de cara al futuro de la fe en nuestra Arequipa?

—Dos creo son las lecciones que nos dejó ese 2 de febrero de 1985: la necesidad de ser coherente y la de ser fiel. Coherentes en nuestra vida, no quedándonos en la mera proclamación de ser católicos, sino viviendo intensamente la vida cristiana. Y ser fiel, no dejándonos encandilar por los embelesos que nos proponen una alternativa espiritual diferente a la tenemos.

—También se cumplen 20 años de la beatificación de Sor Ana ¿Cómo debemos celebrar este aniversario?

—Primero, imitando las virtudes que en grado heroico practicó, y luego pidiendo a Dios la gracia de verla en los altares de la Iglesia universal.

—¿El mensaje de Sor Ana sigue siendo actual?

—Claro que sí

—¿Por qué?

—Hace un momento hablando de la coherencia de Juan Pablo II te decía que en nuestro mundo se han instalando en forma progresiva el relativismo y la permisividad. En la época que le tocó vivir a Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, es decir en el siglo XVII, también se vivió un relativismo y permisividad dañinos, dentro de su propio monasterio.

Y Sor Ana de los Ángeles se enfrentó a ellos manteniéndose fiel a su compromiso y entrega al Señor. Lo hizo con intensa, austera y radical entrega a la vida monástica que optó. Su enfrentamiento contra tales males fue con el ejemplo y con la confianza depositada en el Señor. De esa forma siguiendo el programa de su Orden contempló y transmitió lo contemplado.

—¿Qué mensaje quiso dejarnos el Santo Padre con la coronación de la Virgen de Chapi?

—Nos recordó que existe una estrecha vinculación entre Arequipa, la Iglesia y la Virgen María. No olvidemos que Arequipa es una ciudad mariana desde su fundación, que se hizo, precisamente, el Día de la Asunción.

El mensaje que nos dejó Juan Pablo II al coronar a la Virgen de Chapi es que María es nuestra madre y como tal siempre está atenta para ampararnos.

—¿Alguna anécdota?

—La visita del Papa Juan Pablo II, para mí representó la firma de 17 mil invitaciones. Esto fue una exigencia de seguridad planteada por la Policía de Investigaciones. Esas invitaciones fueron entregadas a gente de Iglesia que por su cercanía al Altar formaban un anillo de contención del grueso de la población.

Recordemos que eran años en que la subversión atacaba arteramente. La Policía quiso aplicar medidas de seguridad muy estrictas. Monseñor Fernando se opuso a ello, a sugerencia del jesuita Jorge Carlos Beneito, pues la visita a Arequipa era una visita Pastoral y no de Estado. Por lo tanto, dentro del Campo Papal, la seguridad corría a cargo de la Iglesia y de los fieles. Y así fue.


«Miles de personas se apostaron en las calles»

—Haznos brevemente una reseña de lo que ocurrió ese día

—El día amaneció mucho antes que el Sol apareciera sobre el Pichupichu. La ciudad mostraba los colores nacionales y los del Vaticano. Miles de personas llegaron hasta el Campo Papal. Las 17 mil personas que recibieron una tarjeta de invitación, se convirtieron en el anillo de protección del Papa.

Desde el aeropuerto hasta el Campo Papal, miles de personas se apostaron en las calles de los distritos de Cerro Colorado, Cayma, Yanahuara, Miraflores y Mariano Melgar, para vitorear al Papa.

Él llegó a las 09:58 en un avión de Faucett y retornó a Lima después de las 16:30.

La coronación de la imagen de la Virgen de Chapi y la Beatificación de Sor Ana de los Ángeles se realizaron en el marco de la celebración Eucarística. A ella concurrieron medio millón de personas.

A las 11:30 horas, cuando se beatificó a Sor Ana de los Ángeles, las campanas de todos los templos de Arequipa, repicaron.


«El Papa ama la pureza incómoda de la doctrina de Cristo»

—20 años después ¿cuáles son las notas especiales del ejemplo de Juan Pablo II?

—Personalmente me inclino por dos notas singulares que revelan la calidad de nuestro Pontífice: su coherencia y su fidelidad. Cuando fue electo nos llegó como testigo de esperanza. Y en ese sentido es un ejemplo.

En un mundo tan complejo como el nuestro, donde el relativismo y la permisividad se han instalando en forma progresiva, él mantiene la coherencia de un pensamiento integral, con la apertura hacia todo lo que es nuevo y positivo para el hombre.

Esa firmeza para mantener los principios fundamentales del cristianismo le ha valido muchas veces el «sambenito» de ser un Papa anacrónico, anclado en el pasado y predicador de antiguallas. Lo real es que Juan Pablo II ama a la verdad desnuda y la pureza incómoda —para muchos— de la doctrina de Cristo.

Pero quienes tuvimos la suerte de verlo en nuestras tierras hace veinte años podemos contrastar dos imágenes de Juan Pablo II. Aquella del 2 de febrero de 1985, cuatro años después del atentado contra su vida. Imagen de un Papa robusto y joven, con energía suficiente para presidir dos prolongadas ceremonias en un día, sin mostrar fatiga alguna.

Y la otra, la imagen actual de nuestro ya anciano Pontífice, que derrocha hasta su última gota de energía. Viéndolo así muchas veces uno piensa que ya no es un hombre, sino una voluntad viviente de servicio a la Iglesia.

Estas dos imágenes son el ejemplo de su coherencia y fidelidad. Coherencia con lo que predica y con lo que hace. Fidelidad a su entrega y a Cristo.

Para entenderlo así debemos recordar, que un año antes de visitar a Arequipa. Juan Pablo II nos regaló con su Carta Apostólica “Salvifici Dolores”, en la que nos habla del valor salvífico del sufrimiento.

(02 feb. 2005)