GORRO: Hace 20
años pasó el Vicario de Cristo por nuestra ciudad
¿Cuáles son las lecciones de la visita del Papa a Arequipa?
INTRODUCCIÓN: El periodista
católico Dante Zegarra López, nombrado por Mons. Fernando Vargas miembro de la
Comisión Organizadora de la visita papal, reflexiona sobre el significado de
estos 20 años, de cara al futuro de la Iglesia en Arequipa
—¿Qué es lo primero que viene a tu mente al celebrarse estos 20 años
de la visita del Papa a Arequipa?
—Que
para la Iglesia en Arequipa, ese 2 de febrero de 1985 comenzó un nuevo
capítulo. Capítulo que nos toca a nosotros escribir siguiendo el mensaje que
nos trajo Juan Pablo II al proponernos a una monja de clausura como modelo de
vida y al ratificar la vocación mariana de Arequipa, coronando a la imagen de
la «Mamita de Chapi».
—¿Qué significa para los arequipeños que se esté cumpliendo este
aniversario especial?
—Creo
que estos veinte años nos imponen una reflexión permanente de nuestro decir y
nuestro vivir. Significa un recuerdo de intenciones que debemos renovar en el
cada día de nuestras vidas. Igualmente significa revivir en nuestros corazones
aquella invitación de Juan Pablo II, a hacer de la Cruz de la Pasión el símbolo
de nuestra fidelidad a Cristo y al hombre por Él.
Juan
Pablo II al despedirse del Perú, en aquella primera visita nos dejó como
encargo tener la Cruz de la Pasión como símbolo de fidelidad «frente a quienes
os invitan a abandonar vuestra fe o la Iglesia en que os hicisteis cristianos;
frente a quienes os invitan al materialismo teórico o práctico; frente a quien
os muestra caminos de violencia; frente a quien practica la injusticia o no
respeta el derecho de los otros».
—¿Cuáles son las lecciones de aquel 2 de febrero que los arequipeños
deben rescatar de cara al futuro de la fe en nuestra Arequipa?
—Dos
creo son las lecciones que nos dejó ese 2 de febrero de 1985: la necesidad de
ser coherente y la de ser fiel. Coherentes en nuestra vida, no
quedándonos en la mera proclamación de ser católicos, sino viviendo intensamente
la vida cristiana. Y ser fiel, no dejándonos encandilar por los
embelesos que nos proponen una alternativa espiritual diferente a la tenemos.
—También se cumplen 20 años de la beatificación de Sor Ana ¿Cómo
debemos celebrar este aniversario?
—Primero,
imitando las virtudes que en grado heroico practicó, y luego pidiendo a Dios la
gracia de verla en los altares de la Iglesia universal.
—¿El mensaje de Sor Ana sigue siendo actual?
—Claro
que sí
—¿Por qué?
—Hace
un momento hablando de la coherencia de Juan Pablo II te decía que en nuestro
mundo se han instalando en forma progresiva el relativismo y la permisividad.
En la época que le tocó vivir a Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, es decir en
el siglo XVII, también se vivió un relativismo y permisividad dañinos, dentro
de su propio monasterio.
Y Sor
Ana de los Ángeles se enfrentó a ellos manteniéndose fiel a su compromiso y
entrega al Señor. Lo hizo con intensa, austera y radical entrega a la vida
monástica que optó. Su enfrentamiento contra tales males fue con el ejemplo y
con la confianza depositada en el Señor. De esa forma siguiendo el programa de
su Orden contempló y transmitió lo contemplado.
—¿Qué mensaje quiso dejarnos el Santo Padre con la coronación de la
Virgen de Chapi?
—Nos
recordó que existe una estrecha vinculación entre Arequipa, la Iglesia y la
Virgen María. No olvidemos que Arequipa es una ciudad mariana desde su
fundación, que se hizo, precisamente, el Día de la Asunción.
El
mensaje que nos dejó Juan Pablo II al coronar a la Virgen de Chapi es que María
es nuestra madre y como tal siempre está atenta para ampararnos.
—¿Alguna anécdota?
—La
visita del Papa Juan Pablo II, para mí representó la firma de 17 mil
invitaciones. Esto fue una exigencia de seguridad planteada por la Policía de
Investigaciones. Esas invitaciones fueron entregadas a gente de Iglesia que por
su cercanía al Altar formaban un anillo de contención del grueso de la
población.
Recordemos
que eran años en que la subversión atacaba arteramente. La Policía quiso aplicar
medidas de seguridad muy estrictas. Monseñor Fernando se opuso a ello, a sugerencia del jesuita Jorge Carlos Beneito, pues la
visita a Arequipa era una visita Pastoral y no de Estado. Por lo tanto, dentro
del Campo Papal, la seguridad corría a cargo de la Iglesia y de los fieles. Y
así fue.
«Miles de personas se apostaron en las calles»
—Haznos brevemente una reseña de lo que ocurrió ese día
—El día
amaneció mucho antes que el Sol apareciera sobre el Pichupichu. La ciudad
mostraba los colores nacionales y los del Vaticano. Miles de personas llegaron
hasta el Campo Papal. Las 17 mil personas que recibieron una tarjeta de
invitación, se convirtieron en el anillo de protección del Papa.
Desde
el aeropuerto hasta el Campo Papal, miles de personas se apostaron en las
calles de los distritos de Cerro Colorado, Cayma, Yanahuara, Miraflores y
Mariano Melgar, para vitorear al Papa.
Él
llegó a las 09:58 en un avión de Faucett y retornó a Lima después de las 16:30.
La
coronación de la imagen de la Virgen de Chapi y la Beatificación de Sor Ana de
los Ángeles se realizaron en el marco de la celebración Eucarística. A ella
concurrieron medio millón de personas.
A las
11:30 horas, cuando se beatificó a Sor Ana de los Ángeles, las campanas de
todos los templos de Arequipa, repicaron.
«El Papa ama la pureza incómoda de la doctrina de Cristo»
—20 años después ¿cuáles son las notas especiales del ejemplo de Juan
Pablo II?
—Personalmente
me inclino por dos notas singulares que revelan la calidad de nuestro
Pontífice: su coherencia y su fidelidad. Cuando fue electo nos llegó como
testigo de esperanza. Y en ese sentido es un ejemplo.
En un
mundo tan complejo como el nuestro, donde el relativismo y la permisividad se
han instalando en forma progresiva, él mantiene la coherencia de un pensamiento
integral, con la apertura hacia todo lo que es nuevo y positivo para el hombre.
Esa
firmeza para mantener los principios fundamentales del cristianismo le ha
valido muchas veces el «sambenito» de ser un Papa anacrónico, anclado en el
pasado y predicador de antiguallas. Lo real es que Juan Pablo II ama a la
verdad desnuda y la pureza incómoda —para muchos— de la doctrina de Cristo.
Pero
quienes tuvimos la suerte de verlo en nuestras tierras hace veinte años podemos
contrastar dos imágenes de Juan Pablo II. Aquella del 2 de febrero de 1985,
cuatro años después del atentado contra su vida. Imagen de un Papa robusto y
joven, con energía suficiente para presidir dos prolongadas ceremonias en un
día, sin mostrar fatiga alguna.
Y la
otra, la imagen actual de nuestro ya anciano Pontífice, que derrocha hasta su
última gota de energía. Viéndolo así muchas veces uno piensa que ya no es un
hombre, sino una voluntad viviente de servicio a la Iglesia.
Estas
dos imágenes son el ejemplo de su coherencia y fidelidad. Coherencia con lo que
predica y con lo que hace. Fidelidad a su entrega y a Cristo.
Para
entenderlo así debemos recordar, que un año antes de visitar a Arequipa. Juan
Pablo II nos regaló con su Carta Apostólica “Salvifici Dolores”, en la
que nos habla del valor salvífico del sufrimiento.
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