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Dante E. Zegarra López, Periodista, Arequipa (Perú)

domingo, agosto 14, 2005

De su casa al convento sin pisar la calle
Dante E. Zegarra López

Una de las historias personales más interesantes de las religiosas que han vivido en el monasterio carmelita de la regla de Santa Teresa de Jesús, sin duda alguna es la de Catalina Correa.

Ella, era una joven que aspiró durante años ser religiosa carmelita sin poder lograrlo. Y no lo podía hacer por aquello que estipula la Regla de Santa Teresa, que el número máximo de religiosas en los conventos de su observancia es de 21.

Santa Teresa de Jesús cuando hablaba de conventos con numerosas religiosas afirmaba: “La experiencia me ha enseñado lo que es una casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal!"

En sus conventos, Santa Teresa al principio no admitió más que a trece religiosas, pero más tarde, en los conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían rentas, aceptó que hubiese veintiuna.

Conseguir una plaza para tomar el hábito y luego profesar, en los primeros 40 años de vida del convento arequipeño de las carmelitas descalzas, fue cuestión, muchas veces, de una carrera de velocidad.

Catalina Correa, vivía en la casa de su abuelo don Francisco Correa, es decir en la calle La Merced. La distancia mínima entre el monasterio carmelita titulado de San José y la calle La Merced es de diez cuadras.

Según la tradición, la joven aspirante a monja, permanecía atenta a los toques de campanas que provenían del monasterio teresiano. Y cuando el toque era de dobles, anunciando el fallecimiento de alguna religiosa, disponía que alguien de la servidumbre de su casa fuera hasta el convento para confirmar la noticia anunciada por las campanas y separar el puesto que las occisa dejaba.

Así, según la tradición, pasaron algunos años antes que Catalina Correa lograra concretar su aspiración de ser monja carmelita descalza observante de la Regla de Santa Teresa de Jesús.
En 1748, por fin logró ser admitida como novicia y luego de un año profesar como monja de velo negro.

Su llegada al monasterio significó todo un acontecimiento en la Arequipa de mediados del siglo XVIII.

Ella, Catalina Correa, ataviada con impecable traje de novia, se trasladó desde su casa hasta el convento, a pie, pero literalmente no pisó en ningún instante la calle. Y no lo hizo por la servidumbre de la casa de su abuelo desplegó planchas de plata a lo largo del recorrido. La tradición no dice cuántas planchas fueron, pero lo cierto y real es que doña Calina literalmente no pisó la calle. Durante el recorrido que efectuó estuvo acompañada de una banda de músicos que animaban a regocijo.

Dos años después de ese rimbombante, fastuoso e impresionante ingreso al monasterio y renuncia a la vida del mundo, su abuelo, don Francisco Correa, protagonizó otra demostración de amor por su nieta y de esplendidez.

En 1750 se acaban los trabajos de construcción del llamado claustro de las oficinas (hoy sede de un Museo de Arte Religioso). Para adornar el austero claustro de sillar, don Francisco donó una pileta, que aún existe, labrada íntegramente en alabastro, una piedra traslúcida de importante valor.

Pero además, obsequió un retablo de amplias dimensiones para que con un cuadro de santa Teresa de Jesús, diera la solemnidad que requiere la Sala Capitular. El retablo, el cuadro y otras importantes pinturas donadas por devotos arequipeños son exhibidos en la Sala Capitular, puesta a disposición del turismo como parte del recorrido por el Museo de Arte Religioso abierto este año en el monasterio de las carmelitas descalzas, titulado de San José.