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Dante E. Zegarra López, Periodista, Arequipa (Perú)

domingo, agosto 14, 2005

Historia de Arequipa

Historia de Arequipa
(En una cuartilla)
Dante E. Zegarra López


En el punto fronterizo de aquel 15 de agosto de 1540, que dividía las tierras ocupadas por los naturales Yarabayas, asentados desde San Lázaro a lo largo del valle de Chilina, y los futuros solares a poblar por los españoles; es imposible resistir la tentación de convocar espiritual e imaginariamente a ese Teniente de Gobernador que fue el fundador de Arequipa, don García Manuel de Carbajal y a ese Trece de la Isla del Gallo que fue su primer Alcalde, don Juan de la Torre.

A ellos quisiéramos, en un ejercicio de imaginación, preguntarles, inquirirles por aquella Villa Hermosa del Valle de Arequipa que pusieron bajo la protección de la Virgen Asunta.

Quisiéramos que nos contaran de sus sueños para ella, de las metas que le fijaron más allá de sus propias vidas.

Ya sabemos que esta ciudad, nacida de la decisión plebiscitaria de los 89 de sus primeros vecinos, tuvo por primer mandato de su fundador, el que esos vecinos cercasen y edificasen sus casas en ella, dentro de los primeros seis meses. Mandato que se ha cumplido siempre, sobreponiéndose a la destrucción que sembraron desde siempre los terremotos o la que causaron los hombres en las batallas intestinas que la desangraron.

Ya sabemos que esta ciudad, arraigada a su suelo por la decisión de un Cabildo
Abierto y por el consejo de los superiores religiosos, en 1582, ha sabido de ruina y reconstrucción, por eso mandato de García Manuel de Carvajal se ha cumplido siempre.
En nuestra memoria histórica desfilan las figuras de ese conjunto de hombres fundadores y vecinos, unos a pié y otros a caballo, que se trasladaron del valle de Camaná y, delante de ellos, como destacando su rol protagónico sobresalen nítidamente las figuras de dos de ellos: el muy magnífico señor don García Manuel de Carvajal y el hidalgo notorio don Juan de la Torre.

Ellos, como todos los primeros vecinos de esta Villa, construyeron sus sueños sobre ella, en su cotidiano andar y proceder en estas tierras.

Así, ese extremeño que fue don García Manuel de Carvajal, soldado de ocasión, como lo fueron muchos de los que llegaron hasta aquí, dejó como legado para la ciudad que fundó, las virtudes que practicó: pulcritud, vocación de servicio y mesura.

No es difícil comprobar que así fuera, pues muchas veces representó a la ciudad ante las autoridades en Lima y en otras tantas fue su regidor y su alcalde.

Pero la mesura de García Manuel de Carvajal, es una herencia que los hombres de esta tierra no pueden ni deben olvidar nunca. No obstante estar ejerciendo el cargo de Teniente de Gobernador y a cargo del reparto de tierras, se adjudicó once fanegadas de ella, aunque a otros vecinos les entregara muchas más.

Y don Juan de la Torre, aquel joven, también extremeño, que junto a su padre fue descubridor, conquistador y poblador de la Española y San Juan de Puerto Rico y, que luego unido a Francisco Pizarro en la aventura de conquistar nuevas tierras, mostrase su temple y pujanza al cruzar aquella línea trazada en la arena de la Gorgona y decidirse por metas más altas que la seguridad de su propia vida, ha legado todas esas virtudes y otras más a esta Villa, de la que fue testigo de su fundación y fue uno de sus primeros alcaldes.

Baste traer a la memoria el tenor de la Cédula que el rey de España firmó y en la que recuerda que este hidalgo acudió siempre con mucha puntualidad y fidelidad a su real servicio y, “tanto que sabiendo que su hijo Diego había sido desleal en una ocasión, él mismo lo entregó para que se hiciera, como se hizo, justicia de él”.

Pero, además de virtudes que Juan de la Torre practicó: sacrificio, servicio, disciplina, lealtad y justicia, este hombre principal de la ciudad, pasados los 70 años, ya de aspecto venerable, respetado y querido por sus vecinos quienes recordaban los laureles adquiridos en cien batallas, enseñó con el ejemplo otra virtud más: la del penitente. Envuelto en traje talar de bayeta negra, personalmente asumió la tarea de llevar hasta la doctrina a los indígenas para que éstos fueran cristianizados.

Observando así ese desfile imaginario de todos y cada uno de los fundadores de esta ciudad, desde los más conspicuos hasta los más humildes, conocemos las virtudes y también los defectos que dejaron como herencia a esta Arequipa, que a pesar del paso de los años, como diría el poeta:

“...aquí la tienes siempre joven,
Siempre arrimada a su volcán
”.


El paso de los años, la llegada de todo tipo de nuevos moradores siempre generó la presencia de nuevas costumbres, algunas compatibles con el sello característico de la ciudad y otras en abierta oposición.

Algunas costumbres inciviles demoraron muchos años en ser erradicadas, como el de la presencia de los mercachifles, los ambulantes, que ya causaban perjuicio en las calles del 1623.

En medio de la bruma del tiempo, llegan hasta nosotros las figuras, no estereotipadas ni acartonadas de los espíritus simples, sino las plenas de vida, con alegrías y sufrimientos, con esperanzas y temores, con triunfos y fracasos, de hombres, hombres que fueron sus primeros vecinos y fundadores.

Allí casi en primera líneas está la presencia de aquellos cinco hombres, todos soldados de a pié, que participaron en la gesta de Cajamarca: Lucas Martínez, Pedro de Mendoza, Miguel Cornejo, Andrés Jiménez y Alonso Ruiz.

Lucas Martínez, el comerciante trujillano, encomendero, supo de los vaivenes y la inestabilidad de la política así como del valor de la profunda amistad de Alonso Ruiz.

Pedro de Mendoza, igualmente comerciante, orgulloso de su oficio, nunca intentó disfrazarse con apariencia señorial; incluso vivía entre los indígenas de su encomienda.

Miguel Cornejo, de familia de artesanos, ni pretencioso ni arrogante, para los usos de la época, nunca presentó una probanza de sus numerosos servicios y sus hijos tampoco plantearon ningún reclamo. Alcalde múltiples veces; teniente de tesorero durante ocho años (tarea que muchos rehuían); Maestre de Campo cuando la ciudad lo necesitó, hasta entregar la vida por la causa que defendió.

Andrés Jiménez, analfabeto, que se le nombró capitán de una partida de cien hombres a su retorno al Perú, dedicó su vida a la explotación de minas y participar en las luchas intestinas de la época.

Alonso Ruiz, analfabeto de origen humilde, compañero inseparable de Lucas Martínez, fue el procurador de Arequipa para negociar en la Corte de España la concesión de mercedes para recién fundada Villa. Y lo logró.

En el ambiente cortesano se desenvolvió muy eficientemente este hombre, que apenas aprendió a firmar su nombre.

Pero de este hombre, que lograra para Arequipa el título de Ciudad y el Escudo de
Armas que ostenta, cuenta la leyenda hecha historia en la pluma de Garcilaso, que se detuvo en medio del saqueo del Cusco para enseñar el cristianismo a un indígena deseoso de ello.

Años más tarde en España, la historia se convirtió en leyenda cuando temiendo que sus grandes riquezas fueran mal habidas dispuso su restitución a la corona, dejando al Emperador la decisión de señalarle cuánto le correspondía como justa recompensa. El Rey en vez de reducirlo a la pobreza le otorgó generosos juros de un valor perdurable.

La ciudad en la que ellos vivieron, era aquella que con justa razón el célebre
Miguel de Cervantes y Saavedra describiera en su Galatea:

“En Arequipa, eterna primavera”

Su límpido cielo, su aire, su radiante sol justificaban con creces el epíteto. Ahora es pues el momento, no sólo de recordar sino también recobrar el legado que ellos nos dejaron.

Ellos, los cinco, como los otros un tanto anónimos vecinos dejaron como simiente de la naciente urbe, sus virtudes y sus defectos que el poeta al describir la ciudad diría de ella que:

“...es una mezcla de poeta, de demagogo y militar.
Mujer en la apariencia, cuando sueña;
varón en realidad:
porque sus sueños son la trama de un turbulento meditar”.

Si, jóvenes y niños, los sueños de esta ciudad, han sido, son y deberán ser la trama de un turbulento meditar, porque como apuntaría diestramente el poeta:

¡Aquí nacieron los hombres de pensamiento y acción,
los que en la trágica lucha supieron vencer y amar!


No en vano, desde hace más de medio siglo reconocemos, en nuestro himno, que:

“Cuatro siglos forjaron la historia
Del baluarte a la libertad”.


Y la libertad, valor al que todos los hombres aspiramos, definida según la óptica de cada cual, ha sido desde siempre la lucha constante de los hombres de esta tierra.

En su entrega en sus primeros años, con el dolor contenido, con timbre de orgullo hispano diría:

“Yo la Villa más Hermosa
de Arequipa, la excelente,
lamenté sólo una cosa:
Que en Huarina la rabiosa
Se acabó toda la gente”


Pero a lo largo de este trajinar, no fueron sólo los hombres quienes gestaron las virtudes de esta Ciudad. Allí están los nombres de mujeres como Isabel de Vaca, Violante de la Cerda, Lucía y Beatriz de Padilla, Ana Bravo, María Cornejo, María Cermeño, María Rodríguez o Ana de Nava que con la renuncia personal de sus joyas pretendieron apoyar la causa de la libertad que la corona libraba en Europa.

Posteriormente, en el Cusco, en una lucha personal en defensa de su honor mancillado por quien la capturó, junto a otras 21 damas, para obligar a sus maridos a defender una causa que repudiaban, una vecina de Arequipa prefirió el solimán de la muerte, en tiempos del “Demonio de los Andes”.

Entre los miles de rostros que desfilan en nuestro recuerdo, en estos instantes, ante nuestros ojos y los de la historia, los hay de nombres de mestizos, casi desconocidos como aquellos que fueron ajusticiados al haber participado en Arequipa, en la Rebelión de los Pasquines, preludio de la Revolución de Túpac Amaru y de la lucha por la Independencia.

Nicolás Quispe, Bernardo Mamani, Simón Chagua Soncco, Marcelo Chuquicallata, Asencio Laguna y Diego Arias indios y mestizo que en enero de 1780 lucharon por seguir los dictados profundos de su alma, sintetizados en aquellos Pasquines que desde las plazas arequipeñas propagaban, por primera vez, al mundo entero, la existencia de una conciencia de la Patria peruana.

“Toda la TROPA PERUANA,
despechada con los pechostrata que queden deshechos
aniquilada la Aduana.
Casimiro el Inca ¡Viva!
a quien juramos por Rey,
que es de razón y de ley
que lo que es suyo perciba”.

Junto a ellos, aparecen en toda su plenitud aquellos que tomando el legado de las virtudes de los fundadores de la ciudad dieron todo de sí, en la lucha por la Independencia del Perú y de América.

Allí en interminable desfile de rostros anhelantes de libertad e independencia destacan con luz propia los Vizcardo y Guzmán, los Melgar, los Alejo Alvares, los Alvares Thomas, los Quirós y Nieto, los Arce, los Escobedo, los Cavero, los Pinelo, o la Centeno...

Al sentimiento unánime de indios y mestizos, fue un criollo, Juan Pablo Vizcardo y
Guzmán quien le dio sustento ideológico.

La lucha de esos indios y mestizos que ofrendaron su vida en el naciente altar de la Patria, se sublimó y extendió sus fronteras en la “Carta a los españoles americanos”, escrita en 1792. La esencia ideológica de esta precursora Carta profundamente americanista continuará teniendo vigencia cuando afirma:

“El Nuevo Mundo es nuestra Patria, su historia es la nuestra y en ella es que debemos examinar nuestra situación presente, para determinarnos por ella a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores”

Al vibrante alegato por la independencia de la Carta de Viscardo y Guzmán, realizado en Europa se unió, sin proponérselo y posiblemente sin conocerlo, el reclamo planteado en Lima por un abogado arequipeño, don Mariano Alejo Alvares.

Este mismo Mariano Alejo Alvares que tomó parte activa en la formación de la primera Junta de Gobierno que se formó en el continente, la de Chuquisaca, trabajó para que, entre los americanos, se hiciera conciencia sobre el respeto y la fe en la vida regida por normas que tuvieran por esencia el reconocimiento de la vida del hombre, a su libertad y al goce de sus derechos en general, principios jurídicos que defendió.

En tanto Viscardo y Guzmán y, Mariano Alejo Alvares, hacían lo que debían por la libertad de América en Europa, Charcas o Lima, en Arequipa un ilustrado Obispo,
Pedro José Chaves de la Rosa reformaba su Seminario con las luces de la Ilustración, convirtiéndolo en una fuente inagotable de libertad.

Allí se nutrieron los corazones y las mentes de otros tantos espíritus libres, de otros tantos arequipeños como Mariano Melgar Valdivieso, el poeta del yaraví, el idealista, el héroe de Umachiri.

Esos discípulos del Conciliar Seminario de San Jerónimo fueron los que integraron la Tertulia literaria;. Esa Tertulia que entre verso y verso formaba una conciencia de Patria. A ella pertenecieron destacadamente José María Corbacho, Benito Lazo, Ángel Fernando y Francisco de Paula Quiroz, Mariano José de Arce, y Mariano Melgar.

Con su verso y con su vida Mariano Melgar Valdivieso, luchó por la ansiada libertad:

“Oid: cese el llanto;
levantad esos rostros abatidos,
indios que con espanto,
esclavos oprimidos,
del cielo y de la tierra sin consuelo
cautivos habéis sido en vuestro suelo.”

En Umachiri, en 1815, como Auditor de Guerra e improvisado comandante de artillería,
Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso se elevó en los altares de la Patria.

Por esos años, más al sur, en Argentina, otro arequipeño, hijo de un ex Intendente de esta ciudad, Ignacio Alvares Thomas, gobernando las Provincias Unidas del Río de la Plata sentó las sólidas bases que permitieron la solemne proclamación de la independencia argentina en la ciudad de San Miguel de Tucumán, al mismo tiempo que impulsó y apoyó los planes libertarios del general don José de San Martín.

En el Perú, casi en el mismo tiempo, el abogado arequipeño Francisco de Quirós y
Nieto conspiraba contra el poder español establecido en Lima, comprometiendo en su plan al abogado Tomás Menéndez y al capitán español Pardo de Zela.

Pretendió capturar Lima con los soldados mestizos y criollos del batallón del Número. La revolución fue develada.

Conspiradores también fueron los sacerdotes arequipeños Mariano José de Arce, quien en 1814 fue el primero en pronunciarse por la Independencia del Perú y, Francisco Javier de Luna Pizarro, quien presidió el primer Congreso Constituyente del Perú.

Mas en la acción, durante la rebelión de los hermanos Angulo en el Cusco, integrando la Junta de Gobierno estuvo el arequipeño Juan Tomás Moscoso, junto al brigadier Mateo Pumacahua y al cusqueño Domingo Luis Astete.

También con las armas, luchó por la causa de la libertad el capitán arequipeño José Pinelo, durante la revolución que encabezó el cura Ildefonso Muñecas.

José Pinelo, desde Puno, pasando por Desaguadero llegó hasta La Paz, reteniéndola para la causa patriota durante casi un mes.

De ese periodo, y en Arequipa, sobresale la figura imponente de una mujer arequipeña:
Magdalena Centeno. Ella fue castigada con reclusión perpetua y obligación de servir como criada al haber alojado en su casa al precursor Mateo Pumacahua.

Estando San Martín en la costa peruana, otro arequipeño, el capitán Gregorio Escobedo y Rodríguez de Olmedo, se convirtió en caudillo de la independencia de Guayaquil y en el primer jefe de gobierno de ese puerto, hoy ecuatoriano.

Una figura casi desconocida, aunque plasmada en el lienzo de la jura de la independencia del Perú, casi tras la imagen de don José de San Martín, es la del dominico arequipeño Gerónimo Cavero Rosas.
Como Prior dominico, Maestro de Sagrada Teología y catedrático de San Marcos este
arequipeño explicó en el Cabildo Abierto de Lima que proclamó la Independencia Nacional, que no era herejía, ni cosa parecida, la libertad política del Perú. Luego albergaría en su convento y sostendría con su peculio a oficiales del ejército libertador.

En este desfile de preclaros hijos de esta tierra, exponentes de los valores cívicos en más de cuatro siglos de existencia, muchos otros han construido y construyen la Patria con la entrega, el sacrificio, el tesón y el trabajo.

Permítanme unas líneas más, en este acto de imaginación, para convocarlos, para evocarlos y señalarlos como faros luminosos a seguir, imitar y superar.

En la defensa revolucionaria de ideales cómo no identificar a Benito Bonifaz el militar-poeta o, al sacerdote revolucionario Juan Gualberto “El Deán” Valdivia o, en la defensa de la soberanía de la Patria ante el invasor chileno, a Cadenbach, Chariarse, Gonzáles, Máximo Abril, Sebastián Luna, Carlos Llosa, Mariano Bustamante, los Portocarrero: Mariano y Gabriel, Isaac Recabarren, Manuel Sebastián Ugarte o Florencio Portugal.

La fortaleza espiritual, encarnada en la vida cristiana que nos llegó desde Europa, quedó siempre patente en la vida de hombres y mujeres como la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo. Ella, que pasó la vida entera tras los muros del monasterio de Santa Catalina, supo de oración y de entrega.

También la vida cristiana quedó patente en más de una treintena de obispos como Alonso de Peralta y Robles, quien en 1609 fue arzobispo de Charcas, pasando por Pedro Díaz Durana, Fernando Pérez Oblitas y Cayetano Palavicino, obispos de Paraguay; Juan Bautista Toborga, obispo de Panamá; José Cayetano Pacheco, obispo de Buenos Aires; Juan Manuel Moscoso y Peralta, militar que llegó a arzobispo de Granada; José Marán, obispo de Concepción y Santiago de Chile; Mariano Rodríguez, obispo de Puerto Rico y arzobispo de Cuba.

Entre ellos y los arequipeños que gobernaron otras diócesis peruanas, adicionadas las personalidades de los dos primeros cardenales del Perú: Juan Gualberto Guevara y, Juan Landázuri Ricketts y la religiosidad de nuestra gente, explican el porqué del epíteto que afirma:

“Arequipa, la Roma de América”

De un turbulento meditar es la trama de la existencia de esta ciudad, no sólo en el pensamiento libertario y religioso sino el desarrollo y en el avance de la vida.


Los constructores de esa trama, en el desarrollo material y espiritual de todos los tiempos, permanentemente surgen reclamando la paternidad y el seguimiento de las virtudes de nuestro pueblo.

Allí están las personalidades de magistrados probos y juristas como los Bustamante y
Alvizuri, los Corbacho y Abril, los García Calderón, los Gómez Sánchez, los Lazo, los Martínez y Orihuela, los Pacheco y Rivero, los Quimper y otros tantos.

Toda nómina de esos constructores quedará siempre incompleta sino se incluye la de
los poetas, pintores, músicos y escritores, desde aquel general metido de fraile dominico Alonso Picado hasta César Atahualpa Rodríguez, pasando sin orden ni concierto por María Nieves y Bustamante, los Melgar, los Echevarría y Morales, los Cateriano, los Carpio y del Carpio, los Castillo, Delgado y de la Fuente, los Gamio, Herrera y Hurtado, los Llosa, La Rosa y La Jara, los Maldonado, Vargas Llosa, del Prado, Reinoso y Zegarra Ballón y otros tantos que dejaron su pensamiento escrito en millares de páginas.

Junto a ellos, músicos como Pedro Jiménez de Abril (más conocido como Pedro
Tirado), Ignacio Cárdenas, Mariano Bolognesi, Duncker Lavalle, Manuel Aguirre,
Roberto Carpio, Carlos Sánchez o Benigno Ballón Farfán y pintores, como Baca Flor, Núñez Ureta, Vinatea Reynoso, Málaga Grenet y, en la actualidad, Luis Palao, han interpretado el alma de nuestro pueblo y nuestra tierra:

“Loca de Sol y de ensueño, mi tierra es mística y brava,
Con una belleza única que a todo amor se anticipa…”

No sólo las letras y las artes han sido cultivadas en esta Arequipa donde siempre hubo “más doctores que en Salamanca”.

La ciencia, la investigación se encarnó en el espíritu de nuestros siempre jóvenes: Juan Calienes, obispo inventor del verticalímetro; Miguel Wenceslao Garaycochea y su célebre cálculo binomial; los Paz Soldán, Mateo y Mariano Felipe con sus trabajos geográficos; Mariano Rivero y Ustariz, célebre naturalista; Juan de Dios Salazar, matemático, inventor del cartabón de módulos y el metrógono; Hipólito Sánchez Trujillo el abogado e infalible astrónomo con sus predicciones sobre el sol y la luna.

Personalidades médicas como Francisco Ángel Zegarra, Manuel María y Augusto Pérez Aranibar, José Benito Montesinos; Pedro José Ramírez, Luciano Bedoya, José Antonio
Morales Alpaca, inventor de instrumentos médicos como el Forcep Alpaca; Edmundo
Escomel, estudioso de la sintomatología y tratamiento de las enfermedades de nuestro pueblo; Honorio Delgado, introductor del psicoanálisis en Sudamérica.

Este desfile interminable de personalidades, limitado por el espacio de estas páginas, es simplemente la confirmación certera y justa de aquel verso de nuestro himno que recuerda:

“Que por siempre tendrás juventudes
que renueven laureles de ayer”.


Sí. Arequipa tendrá siempre juventudes que renueven laureles de ayer pues

“Aquí, respirando ancestro, se templó mi loco empeño,
yo no he nacido peruano; yo he nacido arequipeño”

En ese espíritu, surgieron en nuestros días, para

“seguir siempre los rumbos de luz;
la bandera peruana a su frente
y en la cima del Misti la cruz”,

hombres como el sabio Pedro Paulet Mostajo, precursor de los viajes espaciales, reconocido como tal por científicos norteamericanos y de la ex Unión Soviética; José Luis Bustamante y Rivero, defensor de la soberanía en las 200 millas marinas de nuestro litoral y presidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya y, Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, diplomático y Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Al tornar la vista de esa siembra del pasado, el peso de la historia nos recuerda y nos reclama, nuevamente, que es tiempo de poner el alma a germinar y ser siempre el vivero de hombres y fuerzas para dar. Así y en la sencillez del recato podremos pronunciar con el poeta:

“Esta es la Villa que fundaste;
ésta es tu siembra Carbajal;
tan promisoria y tan muchacha,
como si fuera a comenzar”

CASONA DE SANTA CATALINA: Una casona con Historia

CASONA DE SANTA CATALINA: Una casona con Historia
Por Dante E. Zegarra López.
(25 Febrero 2005).

En la Fundación

Cuando se fundó la ciudad de Arequipa, el 15 de Agosto de 1540, su plano básico fue dividido en 49 manzanas, siendo la central destinada a la Plaza Mayor, hoy conocida como Plaza de Armas.
El fundador, don Garcí Manuel de Carvajal y los miembros del Cabildo de la recién fundada Villa, fueron los encargados de cumplir las disposiciones del Capitán General y Gobernador del Perú, Don Francisco Pizarro, sobre la planta básica que tendría Arequipa.

La planta de cuadrícula que se empleó en el trazado de las manzanas de la Villa, fue entregada por el propio Don Francisco Pizarro, a mediados de julio de 1540, cuando igualmente dispuso se decidiera, por votación de los vecinos, el lugar más adecuado para su ubicación.[1]

La ciudad quedó limitada por las calles o jirones que hoy se conocen con los nombres de Ayacucho y Puente Grau por el norte, San Camilo y Consuelo por el sur, Villalba y Cruz Verde por el oeste y Colón y Pizarro por el este.[2]

Los solares fueron asignados a los casi 89 primeros vecinos que se trasladaron desde el valle de Camaná o desde el Cusco, en los primeros dos años. El solar, era la cuarta parte de una manzana, la que tenía una superficie total de 12 500 m2 aproximadamente.

La asignación del número de solares por vecino, se verificó teniendo en consideración los méritos realizados por cada uno de los favorecidos en el proceso de la conquista y afianzamiento español en tierras tahuantisuyanas.

De acuerdo con la usanza virreinal, ubicada la Plaza Mayor, se asignaron los solares destinados a la Iglesia Mayor y para el Cabildo, uno al frente del otro, y en los alrededores de la Plaza, los solares reservados para las casas del Capitán General del Perú, del Obispo del Cusco y de otras personalidades.

El propio fundador de la Villa se reservó dos solares, a las espaldas de la Iglesia Mayor, y que años después logró separarlos mediante la apertura de un callejón, que hasta hoy se conserva.

Entre los primeros vecinos y pobladores del Valle de la Villa Hermosa de Arequipa, figuró uno de los “Trece de las Isla del Gallo”, además de licenciados y doctores que llegaron al Perú para dirigir los rumbos administrativos de la Colonia y, los soldados de fortuna que estuvieron en la captura de Atahualpa en Cajamarca o en el “Cerco del Cusco”.

Entre ellos y entre los primeros artesanos que se ubicaron inicialmente en Camaná, se distribuyeron los 192 solares de la recién fundada Arequipa.

Con exactitud, poco o nada se puede decir sobre cuál de los solares fue asignado a tal o cual personaje. Es más, pasados los primeros años, turbulentos por la convulsión de las guerras fraticidas entre los españoles, la tenencia de la tierra o de los solares se alteró con la venta, traspaso o con el trueque que se hizo.

Lo que se puede afirmar con plena y total seguridad es que la esquina que hoy conforman las calles Ugarte y Santa Catalina, formó parte del casco germinal de la hoy ciudad de Arequipa.[3] Sobre ese terreno se ubica la casona que estudiamos.

Esta casona está ubicada dos cuadras al norte de la Plaza Mayor. Este emplazamiento permite afirmar que el estrato social del personaje a quien se le asignó el solar en 1540, corresponde a uno principal y económicamente solvente. Como afirma el arquitecto Ramón Gutiérrez, la praxis urbana jerarquizaba las relaciones, de tal suerte que la proximidad a la plaza marcaba las distancias sociales y políticas del poder, que con el tiempo han traducido en valores económicos de la tierra urbana.[4]

Ubicado sobre una de las calles reales que partían de la Plaza Mayor, y a dos cuadras de ésta, es casi seguro que el solar que hoy ocupa la Casona que estudiamos, fue entregado a un personaje de importancia de aquellos años.

Aunque en los primeros documentos del Cabildo, se consignan valiosas informaciones sobre propietarios de solares, con motivo de las fiestas del Corpus Christi[5] y a pesar que existen documentos de permutas, y de compraventa de solares en los archivos notariales, recomponer la inicial asignación de solares, es un trabajo muy complicado, aun no emprendido.

Después de 1550, fecha a partir de la cual se cuenta con documentos notariales y también administrativos del Cabildo, la zona donde se ubica el terreno de la Casona en estudio fue propiedad de fundadores y prósperos comerciantes como Lucas Martínez Begazo o interesantes personajes que hicieron historia como el Alcalde Pedro de Fuentes o gente principal como lo fueron Francisco Madueño y Martín de Alarcón.[6]

Es muy probable, que Lucas Martínez Begazo, haya sido uno de los primeros propietarios del solar. Él, un rico comerciante y minero en la zona de Tarapacá fue uno de los 168 hombres que estuvieron en Cajamarca con Pizarro en la captura de Atahualpa. Luego fue fundador de Arequipa y encomendero en Arica y Tarapacá.[7]

En todo caso, se puede especular en torno a la similitud de vinculaciones, que dos siglos y medio después tenían los propietarios de la Casona que nos ocupaen la zona minera de Tarapacá.

La documentación histórica
Aunque la historia documental más remota vinculada a la Casona es la que se registra el dos de febrero de 1829[8], en que por fallecimiento de doña María Bustamante, quedan instituidos como herederos y propietarios sus hijos José Mariano, Mateo Fructuoso, Juana y Manuela Cossio Bustamante, la propiedad tiene origen en los bienes de los padres de la difunta. Por eso doña María Bustamante y de la Fuente, tenía un tercio de la propiedad de la casona que compartía con sus hermanas doña Mercedes y doña Catalina Bustamante y de la Fuente.

Las tres hermanas Bustamante y de la Fuente, eran hijas de don Manuel Lorenzo Bustamante y Diez Canseco y de doña María Toribia de la Fuente y Loayza, quienes se casaron el 22 de junio de 1783.

Don Manuel Lorenzo Bustamante y Diez Canseco fue hijo del Depositario General y Alcalde de Arequipa en los años 1746 y 1747 don Domingo Bustamante y Benavides y, de doña Petronila Diez Canseco y Moscoso. Don Manuel Lorenzo, también fue Alcalde de Arequipa los años 1788 y 1789. Falleció el 29 de octubre de 1807.

Doña María Toribia de la Fuente y Loayza, estuvo casada en primeras nupcias con el Capitán Benito Fernández Gandarillas, con quien procreó a don José y don Manuel Gandarillas. Ella en segundas nupcias se casó, como queda dicho, con don Manuel Lorenzo Bustamante y Diez Canseco. Doña María Toribia fue hija de don Basilio de la Fuente y Aro, Alcalde Provincial de Arica y Tarapacá, benefactor de las iglesias de su jurisdicción y, de doña María Jacinta de Loayza Portocarrero.

Doña María Toribia dio poder para testar a su marido el Teniente Coronel don Manuel Lorenzo de Bustamante y Diez Canseco, ante el notario Rafael Hurtado el 14 de noviembre de 1792.[9]

El matrimonio Bustamante Diez Canseco – de la Fuente y Loayza, tuvo como hijos, tal como se señaló anteriormente, a Catalina, Mercedes y María de la Asunción. Las tres recibieron, como legado de sus padres, la casona de la esquina Santa Catalina – Santa Marta (Hoy Ugarte), una hacienda en Cocachacra (Valle de Tambo) y una mina en Tarapacá.

Sólo María de la Asunción Bustamante y de la Fuente se casó. Las otras dos hermanas, quedaron solteras.

Doña María de la Asunción Bustamante y de la Fuente se casó con don José Mariano de Cossio y Urbicaín el 10 de abril de 1820.

José Mariano de Cossio y Urbicaín fue hijo del Brigadier, Caballero de la Orden de Santiago, don Mateo Vicente de Cossio y la Pedrera y de doña Joaquina Urbicaín y Carasa. Don José Mariano, fue Teniente Coronel, Prefecto de Arequipa, Diputado a Congreso y Alcalde de Arequipa en 1816, 1822 y 1827. Falleció el 8 de noviembre de 1858.

Doña María Asunción y don José Mariano procrearon a don Mateo Fructuoso, doña Juana y doña Manuela Cossio y Bustamante.

Al fallecer doña María de la Asunción Bustamante y de la Fuente, dejó como herederos a sus hijos habidos en el matrimonio con don José Mariano de Cossio Urbicaín. Ella dejó poder para testar a su esposo, en escritura pública ante el Notario Dr. Matías Morales, el 2 de febrero de 1829.[10]

Don Mateo Fructuoso, doña Juana y doña Manuela Cossio y Bustamante, heredaron un tercio de la casa de la esquina Santa Catalina – Santa Marta (Hoy Ugarte). Los otros dos tercios pertenecían a doña Mercedes y doña Catalina Bustamante y de la Fuente.

Doña Mercedes Bustamante y de la Fuente dejó como heredera, del tercio del predio antes citado, a su hermana Catalina y a la muerte de ésta a sus sobrinos: don Mateo Fructuoso, doña Juana y doña Manuela Cossio Bustamante, según testamento otorgado el 26 de mayo de 1856 ante el Notario Mariano García Calderón.[11]

Por su parte doña Catalina Bustamante y de la Fuente instituyó un legado a favor de su sobrina doña Manuela Cossio y Bustamante, según testamento otorgado ante el Notario Armando Bustamante el 8 de agosto de 1860. Este legado consistía en la tercera parte de la casa de sus padres Lorenzo Bustamante y Diez Canseco y doña María Toribia de la Fuente y Loayza.[12]

Posteriormente doña Catalina Bustamante y de la Fuente, en escritura pública ante el Notario Dr. Isidoro Cárdenas, hizo renuncia del tercio que le dejó su hermana Mercedes Bustamante y de la Fuente,[13] a favor de sus sobrinos, como estaba estipulado en el testamento de aquella.
Al producirse la partición e igualación y, al ceder su parte don Mateo Fructuoso Cossio Bustamante a cambio de una compensación económica, quedaron como dueñas exclusivas de la casa, por partes iguales: doña Catalina Bustamante y de la Fuente y sus sobrina doña Juana y doña Manuela Cossio y Bustamante.

Al fallecimiento de doña Catalina Bustamante y de la Fuente, doña Manuela Cossio y Bustamante asumió la tercera parte que su tía le dejó en escritura pública el 8 de agosto de 1860.[14]

Doña Manuela de Cossio y Bustamante, soltera, instituyó por su heredera a doña Mercedes Tejeda Cossio, hija de don Baldomero Tejeda y de su sobrina nieta doña Mercedes Cossio Berenguer, según testamento otorgado ante el Notario Dr. Abel Ygnacio Campos, el 20 de enero de 1902.[15]

Don Mateo Fructuoso Cossio y Bustamante, nacido el 22 de junio de 1821, hijo, como queda dicho, de don José Mariano de Cossio y Urbicaín y de doña María de la Asunción Bustamante y de la Fuente. Se casó en la parroquia de Santa Marta el 12 de noviembre de 1845 con doña Dominga Berenguer Berrogaray y Portu. Ésta, fue hija de don Buenaventura Berenguer Gómez de Hosta, natural de Chile y, de doña María Ignacia Berrogaray y Portu.

Ellos procrearon a don Mariano, doña Mercedes, don Manuel, don José María y don Eduardo Cossio Berenguer, declarados sus herederos en su testamento de 12 de enero de 1867. Este documento fue aprobado en Auto de 20 de febrero de 1867, expedido por el Juez de Primera Instancia, Dr. Mariano Cornelio García, siendo Actuario don Andrés Llerena. Luego fue protocolizado ante el Notario Dr. Mariano García Calderón.[16] Don Mateo Fructuoso Cossio y Bustamante, explicó la naturaleza y condición de sus propiedades en la escritura de Partición de Bienes que suscribió ante el Notario doctor Armando Bustamante el 20 de noviembre de 1880.[17]

Al fallecimiento de don José María Cossio los derechos que tenía en este predio pasaron a sus hermanos don Mariano, doña Mercedes, Don Manuel Alejandro y don Eduardo Cossio Berenguer. Esto, según la declaratoria de herederos expedida por el Juez de Primera Instancia, Dr. José Santos Talavera y refrendado por el Actuario don Mateo Garzón Zegarra en Auto del 27 de junio de 1900.[18] Al no existir el original del documento se siguió un nuevo expediente y se dictó un nuevo Auto de Declaratoria de Herederos. Éste lo expidió el Juez doctor M. C. Zereceda quien tuvo como Actuario a don Emilio Bernal, el 30 de noviembre de 1922. El nuevo Auto fue protocolizado ante el Notario doctor J. Enrique Osorio.

Don José Mariano Cossio y Berenguer, hijo de don Mateo Fructuoso Cossio y Bustamante y de Dominga Berenguer Berrogaray y Portu, se casó el 25 de septiembre de 1873 con doña Margarita de la Torre y Valcárcel. Ella, doña Margarita, fue hija del doctor don Enrique de la Torre Luna Pizarro y de doña Pascuala Valcárcel.

Al fallecimiento de don José Mariano Cossio y Berenguer pasaron sus derechos en el predio estudiado a sus hijos: doña Margarita, don Mateo, don Enrique y don Alberto Cossio y de la Torre. Ello en virtud de su testamento, firmado ante el Notario doctor José María Tejeda el 18 de diciembre de 1900.[19]

Don Mateo M. de Cossio y de la Torre, quien fue Diputado por Arequipa entre 1924 y 1929, se casó con doña Sara Ruiz de Somocurcio el 16 de mayo de 1909.

Don Enrique Cossio y de la Torre, aunque estaba casado con doña Luisa Urrutia y al no tener descendencia, optó por dejar sus derechos a su madre, doña Margarita de la Torre. Su decisión consta en el testamento que otorgó ante el Notario doctor Higinio Talavera, el 27 de octubre de 1907.[20]

La señora doña Margarita de la Torre viuda de Cossio y sus hijos doña Margarita y don Alberto Cossio y de la Torre vendieron sus derechos a la señorita Mercedes Tejeda Cossio. Lo hicieron mediante escritura que pasó ante el Notario doctor Abel Ygnacio Campos, el 18 de junio de 1913.[21]
La venta se realizó por un monto de 1449.92 soles. Doña Margarita de la Torre viuda de Cossio y sus hijos don Mateo y Margarita Cossio y de la Torre, tenían derechos en la casona estudiada, que los recibieron en herencia de doña Juana Cossio y Bustamante viuda de García.
El doctor don Mateo M. y su hermano don Eduardo de Cossio y de la Torre vendieron sus derechos al comunero don José Carmen Chávez. El primero de ellos, lo hizo a través de su apoderado el doctor Juan de la Cruz Corrales Díaz mediante documento registrado por el Notario doctor Abel Ygnacio Campos el 14 de enero de 1914.

Don José Carmen Chávez, un comunero de la hacienda de Tambo, se hizo de los derechos del don Mateo M. Cossio al pagar al Banco de Perú y Londres una hipoteca que grababa sus bienes en cinco mil soles.[22]

Por su parte don Eduardo de Cossio y de la Torre, vendió sus derechos al referido don José Carmen Chávez, anteladamente, mediante escritura que pasó el 2 de octubre de 1896, ante el Notario doctor José Sebastián Calderón. [23]

Don Manuel Alejandro Cossio Berenguer permutó por igualación sus derechos en la casona de Santa Catalina con los que tenía la señorita Mercedes Tejeda Cossio en una finca rústica de Tambo. La permuta se realizó mediante escritura pública que pasó ante el Notario doctor José María Tejeda, el 28 de abril de 1910.[24]

A su vez don José Carmen Chávez, mediante su apoderada y esposa, señora Rosalía Almonte de Chávez vendió los derechos en la Casona de Santa Catalina, a favor del doctor Lucio Fuentes Aragón, mediante escritura otorgada ante el Notario doctor Manuel Ygnacio Campos, el 11 de abril de 1917.[25]

El abogado doctor Lucio Fuentes Aragón vendió estos mismos derechos a doña Mercedes Tejeda y Cossio, por el valor de 710.16 soles, según escritura que pasó ante el Notario doctor Abel Ygnacio Campos, el 4 de diciembre de 1919.[26]

Doña Mercedes Cossio Berenguer viuda de Tejeda falleció intestada y se declaró, judicialmente, por sus herederos a sus hijos: Mercedes, Alejandro, Zoila, Carlos, Oscar, Rosa, Roberto, Eduardo, Celia y Baldomero Tejeda y Cossio. Todos éstos, con excepción de don Eduardo Tejeda y Cossio, vendieron sus derechos en la Casona a la señorita Mercedes Tejeda y Cossio. El acto se efectuó mediante escritura de 30 de junio de 1913 que pasó ante el Notario doctor Abel Ygnacio Campos. Don Eduardo Tejeda y Cossio vendió sus acciones en la Casona al señor Cura don Manuel A. Barrios, el 1 de junio de 1914 y éste a don José Carmen Chávez. Estos derechos fueron comprendidos en una permuta antes indicada.[27]

Doña Mercedes Tejeda Cossio vendió toda la propiedad de la Casona de Santa Catalina, en el precio de 800 mil soles, a doña Cristina Tejeda Pacheco, según Escritura de Venta que pasó el 2 de febrero de 1970 ante el Notario doctor Eduardo Benavides Benavides. Doña Cristina Tejeda Pacheco, presentó en Registros Públicos de Arequipa el correspondiente Título de Propiedad el 18 de febrero de 1970 bajo el Nro. 243 del TM. 51 del Diario; Legajo E-5190 del Diario.
La Casona fue usada durante muchos años como local de la Escuela Primaria de Segundo Grado “Luis H. Bouroncle”.

El Banco de la Vivienda del Perú, adquirió el dominio del inmueble comprándolo de doña Cristina Tejeda Pacheco en el precio de 238 millones de soles, según contrato suscrito el 16 de noviembre de 1983 y que fue inscrito, con legalización notarial de firmas, en los Registros Públicos, en el Asiento 2704 del Diario; Legajo E-142023

Mediante Resolución Jefatural del Instituto Nacional de Cultura Nº 523 del 6 de septiembre de 1988, la Casona de Santa Catalina fue declarada Monumento Histórico. Esta declaración fue inscrita en los Registros Públicos a solicitud del director del Instituto Departamental de Cultura de Arequipa, señor Luis A. Sardón Cánepa el 18 de febrero de 1999. La inscripción de la condición de Monumento Histórico se formuló en cumplimiento de lo dispuesto por la Ley Nº 24047, Ley General de Amparo al Patrimonio Cultural de la Nación.

Posteriormente la Inmobiliaria 301 Sociedad Anónima, inscrita en la Ficha 212101 en los Registros Públicos de Lima, adquirió el dominio de la Casona de Santa Catalina, pagando al Banco de la Vivienda del Perú la suma de 162 mil dólares americanos. El documento de compra-venta firmado el 17 de octubre de 1994 pasó ante el Notario de Lima, doctor Ricardo Fernandini Barreda.
El respectivo Título de Propiedad fue presentado ante los Registros Públicos de Arequipa el 28 de junio de 1995 en el asiento 74547 del TM uno del Diario, Legajo E-00074210.

Remodelada la Casona, desde 1998 hasta el 2003 sirvió, cedida en uso por la empresa propietaria del inmueble, como sede del Museo de Santuarios de Altura de la Universidad Católica Santa María. Durante esos años diversos cuerpos de niños sacrificados y congelados, rescatados de los altares incaicos ubicados en las cumbres andinas, fueron expuestos ante el turismo internacional. Entre esos cuerpos congelados, exhibidos allí, figura el conocido como “Juanita, la Dama del Ampato” y que ha generado la publicación de numerosos artículos, libros e informes televisivos a nivel mundial.

Luego, el dominio de la propiedad de la Casona pasó a la Corporación Cervesur S.A.A., en virtud de la transferencia de dominio por fusión, que realizó con Inmobiliaria 301 S.A. Esto se efectuó en mérito a la fusión por absorción, bajo la modalidad de fusión simple, celebrada mediante escritura, el 18 de Enero del 2004, ante el Notario doctor Carlos Enrique Gómez de la Torre Rivera. El valor asignado para el inmueble fue de 4 millones 714 mil 357.78 nuevo soles. El título fue presentado ante Registro Públicos el 1 de octubre del 2004 bajo el Nro. 2004-0001671-01 y 15791-13.

El último cambio de propiedad se produjo el 10 de enero del 2005. La empresa Servicios Turísticos Santa Catalina S.A., inscrita en la Partida Registral Nro. 11044368 del Registro de Personas Jurídicas de Arequipa, adquirió la citada Casona de su anterior propietario la Corporación Cervesur S.A.A.

Servicios Turísticos Santa Catalina S.A. pagó la suma de 350 mil dólares americanos, según consta en la Escritura Pública que pasó ante el Notario doctor Carlos Enrique Gómez de la Torre Rivera. El correspondiente título de propiedad fue presentado ante Registros Públicos el 13 de enero del 2005 bajo el Nro. 2005-00000755-01.

De los 3125 m2, que inicialmente debió tener la Casona que nos ocupa, su área quedó reducida a sólo 1 157.50 m2. Superficie ésta que, como unidad, fue registrada el 15 de enero de 1910.[28]

Posteriores mediciones señalan para el inmueble un área total de 1 258.03 m2, área muy próxima a la estimada a la de mitad de un solar.

La arquitectura predominante
Aunque no se ha ubicado documentación sobre las obras de construcción y reconstrucción que se han efectuado en cuatro siglos y medio de historia, es factible que muchos de los ambientes que exhibe tengan sus raíces a mediados del siglo XVIII, después de los terremotos del 8 de enero de 1725 y del 13 de mayo de 1784. Es lógico también considerar que la Casona de Santa Catalina 201 fue reacondicionada después del terremoto del 13 de agosto de 1868.

Y en este siglo, los terremotos del 15 de enero de 1958 y del 13 de enero de 1960, causaron severos daños, especialmente en las casonas construidas sobre la base de sillar y calicanto.[29]

A mediados del siglo XVIII, cuando se debió levantar la Casona de Santa Catalina, el historiador don Ventura Travada y Córdova afirma sobre la forma de construir que:
“… el porfiado tesón de labrar casas de cal y canto, ha creado tantos oficiales peritos en la arquitectura que labran pedestales, levantan pilastras y columnas capiteles y si les preguntan lo que hacen responderán que mejor lo saben hacer que decir, porque es la natural arquitectura en que los tiene la práctica tan aleccionados. De esta suerte se ve todos los días hacer fábricas en la ciudad, no solamente casas regulares, sino también de eminentes torres, elevadas cúpulas y otras obras que llama el arte maestras”.[30]

Las viviendas arequipeñas de mediados del siglo XVII, en su mayoría contaban con dos patios rodeados de habitaciones, además de un huerto y caballeriza y, obviamente ante el temor de los terremotos, la mayoría de ellas de un solo piso.

Después de los terremotos de 1784 y de 1868, que obligaron a la reconstrucción de la ciudad, reciclando los restos que quedaron en pie, se alteraron las fachadas y en algunos casos se reforzaron las paredes con contrafuertes. Las fachadas fueron tornándose neoclásicas y desapareciendo las ornamentaciones talladas.

En todo caso, es desde 1784 en adelante que las paredes de sillar adquieren una gran sección, un mayor volumen, alcanzando su grosor entre uno o dos metros.

En realidad el ancho de estas paredes obedece a la albañilería empleada, consistente en dos paredes de sillar, una interna y otra externa, rellenadas en medio con retazos de sillar o piedras, unidas con un mortero de arena y cal.

Estas anchas paredes, posibilitaron sostener bóvedas de sillar, aún cuando se carecía de los conocimientos y técnicas de la resistencia estructural. Los alarifes de los siglos XVIII y XIX optaron por construir los edificios y las viviendas aprovechando la gravedad, al hacer depender la solidez de las bóvedas en paredes anchas y en la presencia de las dovelas, o cuñas de cierre.
Los vanos son salvados con el empleo de arcos, los que son dintelados horizontales en el caso de luces pequeñas y con arcos de medio punto para vanos de mayor dimensión. Ocasionalmente se emplearon otras variantes de arcos como los ojivales y los de herradura.

De otro lado, la evacuación de las aguas en la temporada de lluvias se efectuaba mediante gárgolas o chorreras y la iluminación de las calles se hacía empleando linternas o candiles de aceite que cada propietario colocaba frente a las fachadas de sus casas.

La presencia de alacenas y hornacinas, así como una arquería destinada generalmente como comedor fueron otras de las características que adquirieron las viviendas arequipeñas, que por otro lado lucían decoraciones pintadas en casi todos sus ambientes. El sillar cara vista que hoy ostentan las casonas del Centro Histórico de Arequipa, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, pocas veces se dio en los siglos de su construcción.


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    [1] MUSEO HISTÓRICO MUNICIPAL AREQUIPA.- Fragmento de una copia de los documentos de la fundación de Arequipa.
    [2] BRITISH MUSEUM. Londres. Plan Scenográfico de la Ciudad de Arequipa en el Reino del Perú. Francisco Vélez. 1787 (¿?)
    [3] DANTE E. ZEGARRA LÓPEZ.- Revista Banco de la Vivienda del Perú, Sucursal Arequipa/ 6 años de esfuerzo. Julio 85 – Julio 91
    [4] RAMÓN GUTIÉRREZ.- Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica. Ed. Cátedra. Madrid, 1983.
    [5] ARCHIVO MUNICIPAL DE AREQUIPA. Libro de Acuerdos de Cabildo Nº 01, fs. 162 vta.
    [6] DANTE E. ZEGARRA LÓPEZ. “Monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa y Dª. Ana de Monteagudo, Priora”. Editorial e Imprenta DESA S.A. Lima. 1985. Pág. 45
    [7] JAMES LOCKHART. “Los de Cajamarca. Un estudio social y biográfico de los primeros conquistadores del Perú.”. Editorial Milla Batres. 1986. Tomo I, Pág.113; Tomo II, Págs. 98 a 102
    [8] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Matías Morales 1829. Fs. 37 a 38 vta.
    [9] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Rafael Hurtado 1792. Fs. 914 a 915 vta.
    [10] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Matías Morales 1829. Fs. 37 a 38 vta.
    [11] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 602 Notario Dr. Mariano García Calderón 1856. Fs. 300 y ss.
    [12] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 490 Notario Dr. Matías Morales 1860. Fs. 322.
    [13] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [14] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 490 Notario Dr. Matías Morales 1860. Fs. 322.
    [15] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 10 Notario Dr. Abel Y. Campos. Escritura 251, Fs. 482 vta.
    [16] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [17] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 508, Notario Dr. Armando Bustamante. Fs. 150.
    [18] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [19] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [20] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Higinio Talavera. Escritura 226, Fs. 334 a 335 vta.
    [21] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Abel Y. Campos. 1913. Escritura 110, Fs. 176 a 177.
    [22] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Abel Y. Campos. 1914. Escritura 415, Fs. 410 ss.
    [23] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [24] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo 19, Notario Dr. José María Tejeda. 1910. Escritura 1001, Fs. 1969 vta. ss.
    [25] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [26] ARCHIVO REGIONAL DE AREQUIPA. Sección Notarial. Protocolo del Notario Dr. Abel Y. Campos. 1919. Escritura 309, Fs. 479 vta. ss.
    [27] OFICINA REGISTRAL DE AREQUIPA. Registro de Propiedad Inmueble. Títulos de Dominio. Ficha Nº 00109616. Rubro C. Asiento 001. AS. 4Fs. 112 TM 27
    [28] DANTE E. ZEGARRA LÓPEZ.- Revista Banco de la Vivienda del Perú, Sucursal Arequipa/ 6 años de esfuerzo. Julio 85 – Julio 91
    [29] DANTE E. ZEGARRA LÓPEZ.- La Casona de Arequipa al día. Página WEB http://www.ucsm.edu.pe/arequipa/cason.htm. Agosto 2002
    [30] VENTURA TRAVADA Y CÓRDOVA. El suelo de Arequipa, convertido en cielo. Primer Festival del Libro Arequipeño. Arequipa, 1958.

Platos Wan Li en la mesa carmelita

Platos Wan Li en la mesa carmelita
Dante E. Zegarra López


Entre las interrogantes que se plantean los especialistas en torno a los objetos exhibidos en el Museo de Arte Religioso del monasterio carmelita de Santa Teresa, figuran las vinculadas a dos platos de origen chino.

Éstos por las características que exhiben, corresponden al periodo de la famosa dinastía Ming y concretamente a la época del gobierno del emperador WanLi (1573-1620)

Los referidos objetos se encuentran exhibidos en el Locutorio Pequeño donde se muestra todo aquello vinculado con la dote que daban las religiosas al momento de profesar. Es una Sala destinada a la vida en el Monasterio de Arequipa.

Teniendo en cuenta que la datación de los citados platos va de 1573 a 1619 y la fundación del monasterio se produjo en 1710, las preguntas sin respuesta a aún son: ¿En qué momento llegaron los platos de porcelana china al monasterio?, ¿bajo qué circunstancias?, ¿Tuvieron uso decorativo, suntuario o doméstico?

Estas porcelanas, pertenecen a una época (siglo XVI) que al ser anterior a las invasiones manchúes (1644), son ejemplo de la mejor producción Ming, iniciada en la primera mitad del siglo XV.

En particular, las porcelanas en azul y blanco, características del periodo WanLi (1573-1619) de la citada dinastía Ming, proceden de una industria en plena transformación, en su mayor parte situada en Jingdezhen (Jiangxi)

Según los especialistas, la cerámica WanLi registra más de cien formas raras y tipologías decorativas, destinadas principalmente para usar en la mesa. Se conoce que el rey de España, Felipe II, coleccionaba piezas de esta procedencia y reunió más de 3.000 en el Monasterio de El Escorial, hoy día desgraciadamente desaparecidas. Las piezas que se exhiben en el monasterio carmelita de Arequipa se encuentran en un buen estado de conservación.

Desde los orígenes de la historia china, los objetos artísticos que se creaban tenían una doble función: La síntesis entre el espíritu creador artístico y la función social y jerárquica a la que estaban destinados desde su concepción.El primero de ellos se mostraba en la exquisitez de las formas, en el origen de los temas decorativos tomando como paradigma las fuerzas de la naturaleza y su acción sobre elespíritu humano, y en el gran conocimiento técnico de los materiales que ha caracterizado todas las formas artísticas.

El gobierno del emperador WanLi fue un período de florecimiento cultural. Wan Li permitió la instalación en China de los primeros misioneros jesuitas, que adquirieron influencia en la corte como portadores de las ideas y la tecnología de Europa; y en 1610 reconoció incluso la libertad de culto a los católicos.

Baúl de Navidad un espléndido regalo

Baúl de Navidad un espléndido regalo
Dante E. Zegarra López


En el ambiente que hasta junio de este año fue la oficina de la Ropería del monasterio carmelita de Arequipa conocido como de Santa Teresa se exhibe el grupo escultórico “Baúl de Navidad”.

En efecto es un baúl en el que sus paredes interiores se encuentran adosadas múltiples esculturas en madera, algunas hasta de 18 centímetros de altura.

El trabajo, realizado por artífices en Ecuador fue donado por las hermanas Arbe que también donaron el sitio o terreno para el monasterio.

Ellas: Jerónima, María, Catalina, Gabriela y Juana de Arbe, siendo devotas de Santa Teresa de Jesús y deseando que se fundase en Arequipa un monasterio de monjas descalzas carmelitas de su advocación, donaron un terreno que poseían en el pago de pampa de Santa Marta el 24 de mayo de 1701. Sobre ese predio nueve años después se levantó el monasterio carmelita de Arequipa.

También las hermanas Arve pidieron el concurso de su hermano el Licenciado Pedro de Arbe, por entonces Cura y Vicario de Puquina, para que se encargara de contratar la fabricación del grupo escultórico “Baúl de Navidad”.

Este baúl al desplegarse muestra diversas escenas de la vida de Jesús. Tiene como tema central el Nacimiento de Jesús con el fondo de una pintura, que según los especialistas Zully Mercado y Franz Grupp fue elaborado, dadas sus características, en talleres sur-andinos.

Además del tema del nacimiento el Baúl de Navidad muestra diez escenas diferentes. Una de las más interesantes es sin duda la del Jardín del Edén, donde se presentan a Adán y Eva tentados por Lucifer convertido en una serpiente. También muestra animales fabulosos como los faunos.
Las escenas evangélicas de La Anunciación, La visita de la Virgen a su prima Santa Isabel y a Zacarías, la Adoración de los Pastores, la Bajada de los Reyes, la Huída a Egipto, la Matanza de los Inocentes, El Niño Jesús entre los doctores y el Bautismo de Jesús por Juan el Bautista en el Jordán completan el baúl.

Según los especialistas, lo sorprendente del “Baúl de Navidad” son sus dimensiones y la exactitud con que han sido dispuestas cada una de las piezas para que al momento de plegarse el cajón y recobre su forma de paralelepípedo no se dañen.

La Virgen de los Siete Dolores

La Virgen de los Siete Dolores
Dante E. Zegarra López

Uno de los cuadros más interesantes que se presentan en el Museo de Arte Religioso del monasterio carmelita de Arequipa, sobre la Virgen María es aquel que se la presenta en su advocación de los “Siete Dolores”.

La pintura se encuentra ubicada en el Coro Alto donde la temática de la Sala corresponde a la Virgen María.

A decir de Franz Grupp, destacado restaurador arequipeño quien con su esposa, la también restauradora, Zully Mercado tienen la responsabilidad de conducir el Museo de Arte Religioso el cuadro en mención tiene particularidades que lo convierten en especial.

La iconografía de la Virgen de los Siete Dolores, nos presenta a la Virgen María con el corazón traspasado por una o por siete espadas, en referencia a los siete dolores que ella sufrió a lo largo de la vida de Jesús.

La devoción por los Siete Dolores de la Virgen tiene su origen en unas visiones de santa Brígida. Ella fue madre, viuda, fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, mística, patrona de Suecia y que tuvo como centro de su vida la meditación en torno a la Pasión de Jesús. El libro de sus revelaciones fue publicado por primera vez en 1492, el año de la llegada de Colón a América.

El cuadro que se exhibe en el museo del monasterio de Santa Teresa tiene la particularidad de estar representados como en un rosario, imágenes de los Siete Dolores de la Virgen. Además, al pie de la imagen de la Virgen, como flanqueando su presencia se presenta, en actitud orante, a Santo Domingo de Guzmán y a San Francisco de Asís.

Finalmente otra particularidad del cuadro son las imágenes de “los Siete Dolores”, que no corresponden exactamente a los que actualmente se vincula la advocación.

El cuadro presenta como los 7 dolores de la Virgen: El momento de la Circuncisión de Jesús en alusión al momento en que Simeón le predice que una espada de dolor atravesaría su alma; la oración de Jesús en el Huerto; la flagelación de Jesús, que según una revelación que tuvo Santa Brígida, recibió 5480 azotes; la Coronación de Espinas; el Expolio de las ropas de Jesús; la Crucifixión y, la Muerte en la Cruz.) Primer dolor:Actualmente la devoción de la Virgen de los siete dolores recuerda los sufrimientos de María con la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la perdida de Jesús en el Templo, el encuentro de Jesús y María en el camino al Calvario, la muerte de Jesús en la Cruz, el descendimiento del cuerpo de Jesús de la Cruz puesto en los brazos de María y, el momento en que Jesús es colocado en el sepulcro.La devoción señala que la Virgen trasmitió a santa Brígida la promesa de 7 gracias que ella concede a las almas que le honren diariamente con 7 Ave Marías.La siete promesas son:

1- Pondré paz en su familias.
2- Serán iluminados en los Divinos Misterios.
3- Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4- Les daré cuanto pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.
5- Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y los protegeré de todos los instantes de su vida.
6- Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte: verán el rostro de su Madre.
7- He conseguido de mi Divino Hijo que los que propaguen esta devoción sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos "su eterna consolación y alegría".

El arcángel de la mascaipacha en la sala de la Navidad

El arcángel de la mascaipacha
Dante E. Zegarra López


En el Museo de Arte Religioso del monasterio de las carmelitas descalzas de Arequipa, en medio de una serie de pequeñas imágenes se encuentra una que, por la vestimenta que lleva, corresponde arcángel.

La imagen se encuentra en una de las hornacinas la Sala destinada a presentar obras pictóricas y esculturas sobre la Sagrada Familia. Sala que fue, durante muchos años, en el claustro de las oficinas la destinada a la Ropería.

A pesar de la vestimenta que denota que la imagen corresponde a un arcángel, de aquellos que fueron pintados o vestidos en el siglo XVIII, no se puede distinguir a quien corresponde.

Los arcángeles son reconocidos, no sólo por sus alas, sino también por las banderas que llevan. Para identificarlos específicamente de quién se trata hay que observar los atributos iconográficos que presenta.

El arcángel San Rafael; príncipe bendición de Dios, con pescado y báculo por ser el patrono de los viajeros y, a veces con un copón de ungüento por aquello que su nombre significa “Dios ha curado”. Es el jefe de los ángeles custodios y el ángel custodio de toda la humanidad, su nombre se traduce como medicina de Dios.

San Miguel se lo representa parado sobre un dragón con una bandera que dice ¿Quién como Dios? Es el príncipe de los ángeles y el vencedor del demonio. Es el capitán de los ejércitos celestiales y protector de la iglesia Cristiana Militante.

Finalmente San Gabriel su nombre quiere decir mensajero de Dios. Se le representa con azucena, linterna y bandera que dice "Ave María". Es por excelencia el mensajero divino por el portador de la buena nueva de María. Su nombre igualmente significa Dios es mi fuerza, y es el guardián del tesoro celestial.

Pero la imagen, de unos 20 centímetros de alto, representa a un arcángel, pero no se puede identificar a cual de los tres corresponde. Y es que él presenta una mascaipacha.
La mascaipacha, es la corona imperial del Tahuantinsuyo, el Imperio Incaico.

En el derecho incaico, la mascaipacha era el único símbolo de poder imperial, que otorgaba al Sapa Inca los títulos de soberano del Cusco y Emperador del Tahuantinsuyo.

Sólo el Sapa Inca podía ostentar la mascaipacha, que le era ceñida por el Huillaq Umo, el sumo sacerdote del Tahuantinsuyo. La ceremonia de coronación se llevaba a cabo cuando el Inca antecesor fallecía y era necesario que el auqui (príncipe heredero) asumiera sus funciones como nuevo Inca.

La mascaipacha consiste en una borla de fina lana roja con incrustaciones de hilos de oro, acompañados por un lado una pluma del cóndor, y otra del colibrí.

Es evidente que la imagen del arcángel que ha sido conservado en el monasterio carmelita de Arequipa, implica un sincretismo religioso que permite unificar simbólicamente cualidades similares entre las culturas occidental y andina.

Una estatua de plomo para un confesor

Una estatua de plomo para un confesor
Dante E. Zegarra López


“Era muy viejo cuando lo vine a conocer y tan extrema su flaqueza que no parecía sino hecho de raíces de árboles”, escribía Santa Teresa hablando sobre su confesor, amigo y santo fray Pedro de Alcántara.

Pobre, humilde, penitente, reformador, maestro de oración, franciscano y extremeño santo, fray Pedro de Alcátara cuenta con una escultura de cuerpo entero y tamaño natural en el monasterio de las carmelitas descalzas de Arequipa.

Su imagen, de un peso descomunal, constituye una de esas piezas únicas y escasas, por no decir raras, que han sido guardadas durante años en los claustros de observancia teresiana, titulado San José y que el común de la gente le reconoce como de Santa Teresa.

La imagen de color cetrino, corresponde a la descripción que hiciera santa Teresa de Jesús y fue trabajada en plomo.

Según los entendidos, es una muestra del estilo de la Escuela Quiteña. Esa escuela acostumbraba a trabajar las manos, los pies y las cabezas de sus imágenes vaciadas o esculpidas en plomo, pero en dimensiones pequeñas.

La obra que ahora exhibe el monasterio teresiano de Arequipa en su Museo de Arte Religioso, tiene el tronco de madera pero ambas extremidades y la cabeza con de plomo.
De su casa al convento sin pisar la calle
Dante E. Zegarra López

Una de las historias personales más interesantes de las religiosas que han vivido en el monasterio carmelita de la regla de Santa Teresa de Jesús, sin duda alguna es la de Catalina Correa.

Ella, era una joven que aspiró durante años ser religiosa carmelita sin poder lograrlo. Y no lo podía hacer por aquello que estipula la Regla de Santa Teresa, que el número máximo de religiosas en los conventos de su observancia es de 21.

Santa Teresa de Jesús cuando hablaba de conventos con numerosas religiosas afirmaba: “La experiencia me ha enseñado lo que es una casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal!"

En sus conventos, Santa Teresa al principio no admitió más que a trece religiosas, pero más tarde, en los conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían rentas, aceptó que hubiese veintiuna.

Conseguir una plaza para tomar el hábito y luego profesar, en los primeros 40 años de vida del convento arequipeño de las carmelitas descalzas, fue cuestión, muchas veces, de una carrera de velocidad.

Catalina Correa, vivía en la casa de su abuelo don Francisco Correa, es decir en la calle La Merced. La distancia mínima entre el monasterio carmelita titulado de San José y la calle La Merced es de diez cuadras.

Según la tradición, la joven aspirante a monja, permanecía atenta a los toques de campanas que provenían del monasterio teresiano. Y cuando el toque era de dobles, anunciando el fallecimiento de alguna religiosa, disponía que alguien de la servidumbre de su casa fuera hasta el convento para confirmar la noticia anunciada por las campanas y separar el puesto que las occisa dejaba.

Así, según la tradición, pasaron algunos años antes que Catalina Correa lograra concretar su aspiración de ser monja carmelita descalza observante de la Regla de Santa Teresa de Jesús.
En 1748, por fin logró ser admitida como novicia y luego de un año profesar como monja de velo negro.

Su llegada al monasterio significó todo un acontecimiento en la Arequipa de mediados del siglo XVIII.

Ella, Catalina Correa, ataviada con impecable traje de novia, se trasladó desde su casa hasta el convento, a pie, pero literalmente no pisó en ningún instante la calle. Y no lo hizo por la servidumbre de la casa de su abuelo desplegó planchas de plata a lo largo del recorrido. La tradición no dice cuántas planchas fueron, pero lo cierto y real es que doña Calina literalmente no pisó la calle. Durante el recorrido que efectuó estuvo acompañada de una banda de músicos que animaban a regocijo.

Dos años después de ese rimbombante, fastuoso e impresionante ingreso al monasterio y renuncia a la vida del mundo, su abuelo, don Francisco Correa, protagonizó otra demostración de amor por su nieta y de esplendidez.

En 1750 se acaban los trabajos de construcción del llamado claustro de las oficinas (hoy sede de un Museo de Arte Religioso). Para adornar el austero claustro de sillar, don Francisco donó una pileta, que aún existe, labrada íntegramente en alabastro, una piedra traslúcida de importante valor.

Pero además, obsequió un retablo de amplias dimensiones para que con un cuadro de santa Teresa de Jesús, diera la solemnidad que requiere la Sala Capitular. El retablo, el cuadro y otras importantes pinturas donadas por devotos arequipeños son exhibidos en la Sala Capitular, puesta a disposición del turismo como parte del recorrido por el Museo de Arte Religioso abierto este año en el monasterio de las carmelitas descalzas, titulado de San José.
Fundadoras vinieron del Cusco
Dante E. Zegarra López


Aunque la fundación de un monasterio de la orden de las carmelitas descalzas y de la observancia de la regla de Santa Teresa fue una inquietud desde mediados del siglo XVII. La razón fue la emigración a Lima de jóvenes arequipeñas que deseaban profesar en el monasterio carmelita de esa ciudad, fundado en 1643.

Una de las primeras religiosas carmelitas arequipeñas fue la madre Teresa Antonia del Espíritu Santo Butrón, quien junto con su sobrina Inés de Jesús Moscoso fue fundadora de los monasterios de Sucre (hoy Bolivia) y Cusco.

Su presencia, en viaje al Alto Perú en julio de 1665, fue motivo para que se comenzara a tratar en Arequipa, sobre la necesidad de fundar un convento carmelita en Arequipa.

Sin embargo tuvieron que pasar 45 años para que se pudiera concretar el anhelo arequipeño. Anhelo que comenzó a tener cuerpo en febrero de 1672 cuando el licenciado Francisco Ortuño Unzueta, tesorero de la Catedral de Arequipa ofreció 50 mil pesos de a ocho reales de plata para tal fundación.

Con el paso del tiempo y mientras se tramitaba la Real Cédula que autorizara la fundación se produjeron los ofrecimientos del Alférez Real Martín Gareca y de su mujer Juan Butrón Música y la del vecino Miguel de Garro.

Quien finalmente aportó el dinero para la edificación del monasterio carmelita de Santa Teresa fue el doctor Juan Núñez Ladrón de Guevara, perteneciente alaOrden de Calatrava y natural de Arequipa. Este cura de Asillo (Puno) y Dignidad de Tesorero de la catedral del Cusco dispuso de más de 50 mil pesos para la obra.

Antes concluirse las obras, llegaron procedentes del monasterio del Cusco las monjas fundadoras del monasterio de Arequipa: María de Cristo Rada y Teresa Antonia del Espíritu Santo.
La madre María de Cristo, fue la primera priora del monasterio arequipeño. Ella fue hija de Pedro Esteban Rada y Angulo y de Teresa Zavala.

Por su parte la madre Teresa Antonia del Espíritu Santo, nació en Arequipa y fue hija de Antonio Butrón y de Ana Butrón. Fue sobrina de la madre Inés de Jesús cofundadora de los conventos de Sucre y Cusco. Esta relación familiar movió a Teresa Antonia del Espíritu Santo para que se inclinara a profesar la vida religiosa en el Cusco, sin sospechar que años después volvería a su ciudad natal en calidad de cofundadora.
Arequipeñas fundaron conventos carmelitas de Sucre y Cusco
Dante E. Zegarra López


No había sido fundado aún el monasterio carmelita de Santa Teresa de Arequipa cuando monjas arequipeñas de dicha Orden actuaban como fundadores de los monasterios de Sucre y del Cusco.
Las monjas Teresa Antonia del Espíritu Santo e Inés de Jesús María en octubre de 1665 fundaron el monasterio carmelita de la ciudad de Chuquisaca (hoy Sucre)

La madre Teresa Antonia del Espíritu Santo, una de las primeras religiosas carmelitas del convento de Lima, fue Diego Buitrón y Teresa Calderón.

La madre Inés de Jesús María, sobrina de la anterior, fue hija de Juan Santiago Moscoso y María Butrón y Múxica.

Ellas, a su paso desde Lima a Chuquisaca, dejaron en su tierra natal la inquietud por la fundación de un monasterio de filiación carmelita. Tía y sobrina permanecieron en tierras altoperuanas durante siete años, antes de emprender una nueva fundación.

En octubre de 1673 las referidas madres Teresa Antonia del Espíritu Santo e Inés de Jesús, acompañadas de la madre Nicolasa Clara de Jesús y las novicias Bernarda Rosa de la Madre de Dios, Leonor Francisca de San Joseph y Juana María de la Santísima Trinidad fundaron el monasterio carmelita del Cusco.

Siendo priora y subpriora las monjas arequipeñas, redoblaron esfuerzos por animar e interesar en la creación de un monasterio carmelita en Arequipa, que sólo se concretó el 20 de noviembre de 1710.

Una sobrina de la madre Inés de Jesús, la Madre Teresa Antonia del Espíritu Santo en 1710 se convirtió en fundadora del convento arequipeño de Carmelitas Descalzas de la Regla de Santa Teresa de Jesús y que se puso bajo el patrocinio de San José.

La madre Teresa Antonia del Espíritu Santo fue hija de Antonio Butrón y de Ana Butrón.

La Beata Ana de los Ángeles Monteagudo: nieta de princesa inca

La beata Ana de los Ángeles Monteagudo: nieta de princesa inca
Por Dante E. Zegarra López


La beata sor Ana de los Ángeles Monteagudo fue nieta de una princesa inca: Ana Palla. Documentos revisados con mayor detenimiento y que se conservan en el Archivo Regional de Arequipa, así lo certifican.

Los documentos encontrados señalan claramente los nombres de sus abuelos paternos y maternos, hasta ahora no conocidos.

Así ha quedado establecido, por los documentos notariales de la época, que Sebastián de Monteagudo, un vecino de la población de Villanueva de la Xara, era hijo del licenciado Pero García de Monteagudo y de su legítima mujer doña Ana Hernández.

Por su lado, Francisca de León, madre de sor Ana, según el mismo documento, era hija natural de Juan Ruiz de León vecino de la Villa de Santa Cruz de Mudela, Maestrazgo de Calatrava en los reinos de España y de Ana Palla. Ellos tuvieron dos hijos, hecho que pone de manifiesto la estabilidad marital que tuvieron.

El apellido Palla, de la abuela de la Beata Ana de los Ángeles, corresponde, en esa época, a los familiares directos del Inca, por lo tanto se puede afirmar que la precitada abuela Ana fue miembro de la nobleza inca, cuando no una princesa tahuantisuyana.

El referido documento permite también establecer que la madre de la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo tuvo como apellidos los de Ruiz de León o el de León, como habitualmente se reconocía en los documentos notariales de su época. Ello implica que el apellido materno, que hasta ahora se le ha dado: Ponce de León, es erróneo, cuando no falso.

Sin duda esos y otros hechos que con detalle académico serán publicados en la revista de divulgación “Persona y Cultura” de la Universidad Católica San Pablo, tienen una importante significación en la revaloración de la participación de la descendencia incaica en la asimilación del cristianismo, que hasta ahora se vio relegada a un segundo plano.

De hecho, hasta ahora, los dos santos peruanos: Santa Rosa de Lima y San Martín de Porras, representaban a poblaciones minoritarias del Perú, como fueron las de los criollos, los negros y mulatos. Ahora podemos afirmar que a través de la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo, los descendientes de los incas y los mestizos se encuentran representados y ligados estrechamente a la Fe de Cristo.

Es interesante recordar también que en la vida de la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo hay marcados episodios a favor de ellos. Así, en el proceso informativo para su Beatificación hubo testigos que acreditaron, como real, el hecho que la madre Monteagudo tuvo el don de la bilocación. Quienes fueron favorecidos con los beneficios de ese don de la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo fueron naturales de nuestras punas. También es significativo que la última disposición de que se celebrase una misa por las Almas del Purgatorio, estuvo relacionada con el alma de una indígena.

El aporte
Hace veinte años que dejamos de investigar sobre la Vida de la beata Ana de los Ángeles Monteagudo. El trabajo que publicáramos en 1985 bajo el título “Monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa y Dª Ana de Monteagudo, priora” incluía casi sesenta páginas dedicadas a la vida de la Beata.

Después de postergar innumerables veces una reactualización de ese trabajo, en los últimos días de julio aceptamos el encargo de la Universidad Católica de San Pablo de escribir una Semblanza de la Beata.

Intentando brindar algún nuevo aporte al conocimiento de sor Ana de los Ángeles, retomamos la revisión de algunos documentos y con la ayuda del profesor José Salas del Archivo Regional de Arequipa, volvimos a examinar un expediente de Causas Civiles en la Sección Cabildo.

Allí en ese expediente, en medio de transcripciones, concuerdas, notificaciones y declaraciones de testigos logramos ubicar la trascripción del tenor de la carta de dote matrimonial de los padres de la Beata: Sebastián de Monteagudo y Francisca de León.

Ponen en valor valiosa pintura mural

Ponen en valor pintura mural
Dante E. Zegarra López


Retirando hasta siete capas de pintura y cal, dos restauradoras están poniendo en valor la pintura original con que fueron decorados los muros del Coro Bajo del templo del monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa.

El trabajo realizado por las especialistas, quienes realizan sus estudios finales de masterado en las universidades de Queen en Kingston, Canadá y de Pennsylvania, Estados Unidos, está mostrando la calidad de la decoración que otrora luciera el Coro Bajo. Las labores emprendidas en los últimos días de julio se extenderán hasta finales de este mes de agosto.

Las pinturas las pusimos al descubierto hacen unos quince años cuando, en unos recorridos académicos, advertimos su existencia a partir del descascarado del encalado de la pared. Antes habíamos explicado y mostrado a las guías en formación que las paredes exteriores, de los distintos ambientes del monasterio, lucieron amplias decoraciones y que con el paso de los años quedaron cubiertas por capas de cal primero y luego, finalmente, por el blanco, siena, añil y rojo que lucen los muros catalinos.

La presencia de pan de oro sobre rojo y trazos de líneas azules decoloradas, nos llamaron la atención y el hecho, lo pusimos en conocimiento de la subgerente de la empresa que administra el sector turístico del monasterio.

Posteriormente, tres años después, la presencia del doctor Rodolfo Vargas Vinatea, como curador y conservador de las obras existentes en el monasterio, permitió hacerse una primera prospección. Se hicieron pequeñas calas, retirando las capas de cal y pintura hasta descubrir los trazos originales.

La curiosidad y el deseo de algunos turistas de llevarse como recuerdo algo del pan de oro existente en las paredes, obligó, nuevamente, a la administración a disponer su repintado con color blanco.

La pintura mural, se ha conservado gracias a la costumbre de cubrir las paredes con cal, material que tiende a protegerla.

Ahora, el trabajo que están efectuando las especialistas en restauración de pintura y de arquitectura, es mucho más amplio y no sólo se concreta al retirado, con bisturí, de cada una de las capas de cal y pintura en espera de localizar las decoraciones ordenadas en una estratigrafía vertical.

Las restauradoras, Blanka Kielb y Valentine Gómez, están realizando una serie de calas verticales y horizontales que abarcan toda la altura o ancho de las paredes y, con la ayuda de un bisturí, eliminan paulatinamente las sucesivas capas de pintura que se encuentran sobre el pañete. Van trabajando desde la capa superficial hacia el interior, dejando a la vista un sector significativo de cada uno de los colores encontrados.

Conforme retiran la pintura van aplicando con jeringas adhesivos sintéticos que permiten dar estabilidad a la pintura descubierta. Posteriormente cuando se determine la restauración se podrá proceder a la aplicación de barnices o lacas protectoras.

Lamentablemente el proceso es lento, el área decorada del Coro Bajo muy amplia y el tiempo disponible de las dos conservadores muy corto.

Una arquitectura monumental

Una arquitectura monumental
Por Dante E. Zegarra López


Construido sobre un terreno de 20 mil 426 metros cuadrados, el monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa, registra entre sus muros las modificaciones y tendencias arquitectónicas que van desde 1681 hasta nuestros días.

Tres claustros, seis calles, un pasaje, una plaza y un templo constituyen en síntesis el desarrollo urbanístico de la ciudadela conventual. Ciudadela que ha atrapado entre sus muros perimétricos la permanente pugna entre las fuerzas de la naturaleza y el esfuerzo del hombre. La lucha entre la violencia de los terremotos y la resistencia de los edificios.

Desde la calle, desde el aire, desde lejos o desde cerca la volumetría que rodea, envuelve o que forma el monasterio de Santa Catalina, es imponente. Los contrafuertes adosados a los muros, como para resistir el empuje de las bóvedas durante los sismos, hacen más patente la sensación de volumen.

Como todo edificio colonial está edificado en base al sillar, esa piedra blanca que inicialmente fue obtenida de las canteras de la zona del PJ Independencia, en la jurisdicción del actual distrito de Alto de Selva Alegre.

El uso del sillar condicionó y determinó las expresiones formales y espaciales que, con características propias, exhibe la arquitectura arequipeña y que han devenido en ser consideradas Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Las paredes de sillar de gran sección, es decir aquellas que van de uno a dos metros, en realidad son dos paredes: una interior y otra exterior que en el medio están unidas o rellenas de diversos materiales, como retazos de sillar y piedras con la correspondiente argamasa o mortero.

El mortero empleado para el proceso de asentado del sillar, a lo largo del tiempo, ha sido la cal y la arena y, en los últimos años, en vía de experimentación, la puzolana con aditivos químicos.

Los terremotos de 1582, 1600 y 1604 fueron, con el tiempo, quienes permitieron la formación de la ciudadela conventual que desde hace 35 años goza de la admiración del mundo turístico.
Estos sismos, mas la erupción del Huaynaputina que dejó en tinieblas, durante quince días, a la Arequipa del 1600, causaron la ruina de la ciudad y del campo y con ello la seguridad económica que gozaba el monasterio de Santa Catalina de Sena. Estabilidad en base a las garantías que ofrecían los bienes inmuebles y predios para el pago de las dotes impuestas a censo.

La necesidad de reconstruir los ambientes monacales, sin que la comunidad cuente con dinero, originó el surgimiento de las celdas intrusas, es decir aquellas celdas que son levantadas sin responder a una planta de carácter religioso. Estas fueron levantadas por padres, hermanos o parientes de las religiosas consagradas en el monasterio catalino.

La posibilidad de existencia de celdas personales quedó establecida en el acto fundacional del monasterio el 10 de septiembre de 1579. En esa fecha, en las capitulaciones se estableció que Quiteria de Berrío ingresase como monja, construyendo su propia celda.

Por ello, no es extraño encontrar, aunque sea el único documento notarial, la venta de su celda que realizó la monja Ana Segarra a la también monja Ginesa de Mendoza. La celda lindaba por la espalda con los dormitorios comunes del monasterio. El precio pactado por la celda con entradas y salidas, vistas de ventanaje, fue de 50 pesos. Era la época en que un año de alimentación para una novicia demandaba cien pesos.

Documentalmente se tiene comprobado que los traspasos de celdas por venta o por herencia se produjeron hasta 1804, pero incluso entrado el siglo XX se efectuaba el llamado pago de piso, además de la dote monacal.

Poco a poco desde comienzos del siglo XVII se fueron edificando las celdas intrusas, algunas de las cuales tenían varias habitaciones anexas. Así surgieron los ambientes conocidos, desde 1940, como las calles Sevilla, Burgos, Toledo, Granada, Plaza Zocodover, pasaje de Sor Ana y las calles Córdova y Málaga.

Al parecer el ambiente más antiguo que se conserva, con una datación anterior a 1674 es el Coro Bajo anexo al templo. Con el terremoto de 1784 el templo sufrió daños, manteniéndose en pie, al parecer, el Coro Bajo. Este muestra dos etapas de construcción y dos estructuras arquitectónicas diferentes. La primera corresponde al techo estilo mojinete, trapezoidal, que tiene grabada en relieve, la Cruz Trinitaria. Fue precisamente el único obispo trinitario que ha tenido la diócesis, Juan de Almoguera, quien aportó el dinero para esta construcción, antes de 1674 en que viajó a Lima para hacerse cargo del arzobispado. La segunda estructura corresponde a una ampliación posterior y su cubierta es de bóveda.

Paralelamente y gracias al aporte del obispo Juan de Almoguera se construyó parte de los dormitorios comunes a los que muchos años después se le adosaron los arcos que forman parte del Claustro Mayor.

Estando de arzobispo de Lima, entre 1674 y 1676 Juan de Almoguera envió el dinero suficiente para la construcción de la celda de sor Ana de los Ángeles Monteagudo.
Le sigue en antigüedad el ambiente que está ubicado dentro de lo que se conoce como la Cocina Comunitaria.

Allí sobre una de las puertas interiores hay una inscripción que señala que fue construido siendo priora sor Lucía del Espíritu Santo y Zúñiga. Ella fue priora en dos oportunidades. Al parecer fue durante su primer priorato, entre 1681 y 1684, en que se hizo la obra.

Sobre la inscripción, la presencia de un estema o escudo de la priora, conformado por la Cruz de la Orden Dominica, el báculo con una rosa en medio de él y, más abajo lo que podría ser una hostia y un copón, refuerza la idea de que este ambiente, antes de ser convertido en cocina, fue una Capilla.

El Claustro Mayor, es al parecer el más antiguo de los tres. Así lo acreditan la fecha escrita en uno de los cuadros sobre la vida de la Virgen María y, un cierre de bóveda con el altorrelieve del estema de la priora sor Andrea Guadalupe Valencia, cuyo periodo prioral fue entre 1717 y 1722.
Aunque en medio de este claustro existe un añejo árbol de magnolia, no se le ha dado ese nombre, tal como ocurre en otros monasterios.

El segundo claustro más antiguo es el Claustro de los Naranjos. Allí, en el friso opuesto a la Sala De Profundis, está grabado en relieve el monograma de Jesús (JHS). Alrededor de éste se lee la frase: “se izo este año de 1738”, fecha que corresponde al de la conclusión de los trabajos de construcción de este claustro.

Finalmente el Claustro del Noviciado es el más moderno de los tres. Fue construido entre 1805 y 1808, durante el priorato de Sor Clara de San Juan Arismendi.

El uso simultáneo del sillar y del ladrillo para la construcción del arco de crucería comienza a popularizarse a mediados del siglo XVII en Arequipa. Las pilastras del Noviciado son más delgadas y altas (esbeltas) que las de los otros claustros.

Los otros dos claustros presentan gruesos pilares cuadrados, los que soportan las roscas de los arcos de medio punto. Los tres, por el exterior de las arquerías presentan una moldura o imposta sobresaliente, a manera de archivolta o de alero protector del sol.

Como todos los claustros arequipeños, los de Santa Catalina están cubiertos por bóvedas de arista conservando las características de la escuela arquitectónica regional, que algunos llamaron “estilo terremoto”.

Las bóvedas son continuadas sin que se intercalen arcos fajones entre ellas. Además están asentadas sobre dos ménsulas. Una de ellas, añadida como saliente adjunta a la cornisa superior de los pilares en la cara interna y, la otra adosada a los muros perimetrales del pasadizo. Es decir las bóvedas se alzan desde el grosor saliente antepuesto a los muros y, no salen desde los muros mismos como ocurren en otros lugares.

La función formativa de las pinturas en el monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa

La función formativa de las pinturas
Por Dante E. Zegarra López


Quien recorre el monasterio de Santa Catalina de Sena en Arequipa, puede contemplar y admirar cientos de cuadros pictóricos. No hay ambiente, en que la pintura esté ausente. De hecho los 428 cuadros se pueden agrupar hasta en seis series por la ubicación y la temática de las pinturas. Así tenemos, en el Claustro del Noviciado, cuadros en los que se visualizan las Letanías Lauretanas; en el Claustro de los Naranjos, pinturas sobre el perfeccionamiento del alma; en la Sala De Profundis, óleos de religiosas catalinas, en el Claustro Mayor: representaciones sobre la Vida de la Virgen María y de Jesús y, en la Pinacoteca: cuadros sobre la Vida de Santa Catalina de Sena y una serie cuadros de variado formato y temática.

El Noviciado y las Letanías Lauretanas
El monasterio de Santa Catalina de Sena, es de filiación dominica. La Orden Dominica tiene como oración emblemática el rezo del Santo Rosario, en cuanto su fundador, Santo Domingo de Guzmán, allá por el siglo XIII fue su gran difusor.

Según el papa Pablo VI el Rosario tiene como elemento más característico la repetición litánica del "Dios te salve, María” que se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno". En esta línea de pensamiento, la repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen.
Tradicionalmente el rezo del Santo Rosario está asociado al rezo de las Letanías Lauretanas. Las letanías son al mismo tiempo una alabanza y una rogativa y que, entonaban los peregrinos a finales del s. XVI en la santa casa de Loreto.

La estructura primitiva de las Letanías Lauretanas comenzaba con las invocaciones marianas tomadas de la Letanía de los Santos (1-3); luego, María es invocada como madre (4-14), maestra (15-18), virgen (19-26); es alabada con una serie de títulos simbólicos de origen bíblico (27-53), y finalmente es ensalzada como reina de cielo y tierra (54-66)

Los cuadros que lo rodean al claustro del Noviciado posiblemente fueron pintados y adaptados en Arequipa entre 1848 y 1849. La obra original corresponde a un trabajo de grabados realizado a mediados del Siglo XVIII.

En 1750, los hermanos Joseph Sebastian y Johan Baptist Klauber, maestros grabadores de Augsburgo, bajo la dirección teológica del jesuita Ulrich Probst, compusieron un bellísimo libro de las Letanías Lauretanas. El libro de 58 estampas, ilustra gráfica y simbólicamente cada una de las invocaciones litánicas. La obra original iba acompañada por unos comentarios en latín de Francisco Xavier Dornn, predicador de Fridberg, y traducida a diversos idiomas a lo largo de los siglos XVIII y XIX. La primera versión española de Las Letanías Lauretanas fue publicada en Sevilla en 1763, en la imprenta de Manuel Nicolás Vázquez, de la calle Génova.

En los cuadros del noviciado el copista incluyó las inscripciones de la firma de los autores tal como se puede apreciar entre las letanías Vaso de la Divina Gracia y Vaso de la Verdadera Devoción, ubicadas en el ala izquierda del pasadizo de acceso al claustro. Joseph Sebastian y Johan Baptist Klauber firman al pie de los grabados: «Klauber Cath. sc. et exe. A. V.», es decir: «Klauber Catholici sculpserunt et executi sunt Augustae Vindelicorum», los Klauber, católicos, lo grabaron y ejecutaron en Augsburgo.

El Claustro de los Naranjos y la Perfección del Alma
En el claustro de los Naranjos, destinado a las religiosas profesas se advierte, al igual que en Noviciado, los cuadros que tienen una función catequética.

En el ángulo, en el primer cuadro de la serie, tenemos la explicación del leiv motiv de los otros 24 cuadros:
“Emblemas de amor divino / Son tan propios a ti esposa / Que es pensar en otra cosa / Pensamiento peregrino / Porque todo tu destino / En tu monial profesión / Fue aspirar a perfección / Y pues en este dechado / Os doy su libro estampado / Lee en él tu obligación”

Aunque la lectura del poema inicial nos releva de cualquier comentario es preciso remarcar que en estos cuadros, está implícita la obligación de una monja: perfeccionar su vida espiritual. La vida espiritual se perfecciona de forma similar como se hace con la vida material: con ejercicios.
Los ejercicios espirituales, en general, señalan tres caminos, tres vías para perfeccionar, para desarrollar la vida espiritual. En estos cuadros también se nos presentan tres vías de meditación: la Vía Purgativa, la Vía Iluminativa y la Vía Unitiva.

Las pinturas existentes en el Claustro de los Naranjos fueron copiadas por un artista no identificado, a mediados del siglo XVIII, y reparadas el 16 de julio de 1859 por el pintor Rafael Pareja, “por celo y erogaciones de la Madre Priora sor María Josefa del Santísimo Sacramento de Cadena”.

El tema original de esta serie de cuadros es la obra del jesuita Herman Hugo llamada Pia Desideria Emblematis Elegiis & affectibus S. S. Patrum illustrata, realizada en Amberes en 1624. Fue el libro de emblemas religiosos más popular en el siglo XVII y alcanzó las 150 ediciones y se tradujo a muchas lenguas.

La historia de los Emblemas está íntimamente ligada a la Compañía de Jesús aunque el emblema como tal surgió cuando Andrea Alciato, jurisconsulto italiano compuso 99 epigramas latinos, a cada uno de los cuales puso un título.

Entre los siglos XV y XVIII se denominó emblema (también empresa, jeroglífico o divisa) a una imagen enigmática provista de una frase o leyenda que ayudaba a descifrar un oculto sentido moral que se recogía más abajo en verso o prosa.

Los jesuitas fueron los principales difusores del lenguaje simbólico que se desarrolló, en emblemas y alegorías, desde el siglo XVI.

En el influyente sistema educativo de los jesuitas, la imaginación emblemática fue fundamental. La orientación práctica de su pedagogía y su voluntad de intervención, llevó esta creatividad a plazas y calles, en la mayoría de casos con una finalidad persuasiva. Su presencia se apreciaba en los espacios públicos y privados pero, de manera más sutil y profunda, en los hábitos mentales de tantos artistas y escritores que se formaron con ellos.

Se constituyó así un núcleo divulgador de ideas e imágenes que jugaba con el misterio inherente a la imagen simbólica para despertar la atención y alcanzar el máximo poder de convicción dentro del ámbito de la Contrarreforma.

El emblema clásico se compone de tres elementos: figura, título y texto explicativo. La figura (pictura, icon, imago, symbolon), estaba por lo general incisa en un grabado xilográfico o calcográfico, que a menudo denominan sus autores "cuerpo" del emblema. La imagen es de capital importancia para que el precepto moral que se pretende transmitir quede grabado en la memoria una vez descifrado el sentido.

El título (inscriptio, títulus, motto, lemma) suele ser una sentencia o agudeza, en cierto modo críptica, casi siempre en latín, que como "alma" del emblema da una pista para completar el sentido de la imagen. El mote generalmente escrito encima de la figura o en el interior del grabado, en una filacteria, raramente aparece en la parte inferior y de hacerlo suelen ser versículos de los Libros Sagrados. Algunos autores de emblemas componían los motes, aunque la mayoría procedían de sentencias tomadas de los clásicos, los Padres de la Iglesia, la Biblia.

El texto explicativo (subscriptio, epigramma, declaratio) interrelaciona el sentido que transmite la figura y expresa el mote. Generalmente esta explicación suele hacerse en verso, utilizando epigramas latinos o en lengua vernácula, según a qué receptor fuera destinado el mensaje. La forma del epigrama se prestaba a transmitir una descripción de la pintura y una segunda parte con la moralidad que encerraba. Durante el siglo XVI fue frecuente que el epigrama estuviera en latín; a medida que avanzaba el siglo, cada vez se ve más el epigrama en lengua vernácula, en sonetos, octavas, coplas de redondillas, silvas.

En los libros de amor divino como el de la Pia Desideria se ha convertido el cupido en un niño, que es el alma, siempre acompañada de un ángel que remeda un cupido divino, sublimación del otro.

La popularidad de este tipo de emblemas tiene mucha relación, por entonces, con el creciente culto por el niño Jesús. El alma, o niño, tiene todas las ataduras terrenales y frecuentemente lleva una máscara o va disfrazado de bufón. El cupido divino intenta guiarlo en su camino de purificación, de salvación.

En el caso de los cuadros que existen en el claustro de los Naranjos del monasterio de Santa Catalina, cada ilustración de la Pia Desideria va acompañada de una cita tomada de las Sagradas Escrituras, que se escribe debajo del grabado.

Veintidós de esas citas bíblicas que funcionan de mote del emblema proceden de los Salmos, trece del Cantar de los Cantares, cinco del Libro de Job y una de cada uno de los libros de la Biblia: Deuteronomio, Isaías, Jeremías, Romanos y Filipenses.

La subscriptio del emblema en la obra original (un poema en latín que a veces ocupa hasta cincuenta versos) empieza en la página siguiente, repitiendo en la parte superior la misma cita bíblica.

Herman Hugo, dividió en tres partes su obra con los títulos: «Gemitus animae poenitentis», «Desideria animae sanctae » y «Suspiria animae amantis», que representan una progresión del alma hacia la unión con Dios.

A través de las elegías, los motes tomados de la Biblia y las imágenes impactantes, Hugo pretendió mover al lector hacia el amor a Dios mediante la imitación del Alma, que habla en primera persona. El Alma es representada con los atavíos de una peregrina que inicia su viaje de ascenso hacia Dios.

La Sala de Profundis y las religiosas
La denominada Sala de Profundis, ambientada como si fuera una Capilla Miserere, es decir como si fuera un velatorio, presenta adosados a las paredes un total de trece cuadros de religiosas.

La Sala De Profundis estaba destinada a lectura del Salmo 130 (129) antes de pasar a servirse los alimentos. Este Salmo, en latín empieza con la frase: “DE PROFUNDIS clamavi, ad te Domine;... Domine, exaudi vocem meam.” (“Desde el abismo clamo a ti Señor, / escucha mi clamor, / que tus oídos pongan atención / a mi voz suplicante.”

En todo el monasterio se presentan 15 pinturas de religiosas, aparte de algunas fotografías más. Dos de ellas se encuentran presidiendo las celdas que llevan sus nombres: María Josefa Cadenas y Sor Ana de los Ángeles Monteagudo.

En la Sala De Profundis hay trece pinturas, doce tienen como característica común el que las religiosas están con los ojos cerrados. Ellas fueron pintadas por los artistas después de muertas. La única que presenta los ojos abiertos es sor Juana Arias, quien murió en un rapto de amor místico, mientras oraba de rodillas. Este óleo ocupa cronológicamente el segundo lugar en antigüedad entre las pinturas de monjas.

El primero de ellos fue realizado presentando a sor Ana de los Ángeles Monteagudo.
Algunas de las religiosas aquí representadas poseen una característica adicional: tienen entre las manos una palma, que alegóricamente representan el báculo, símbolo del mando prioral, y fueron así retratadas porque fueron prioras del monasterio. Otras adicionalmente, llevan un tocado. Están coronadas con flores, rasgo que se aprecia también en cuadros de otros monasterios latinoamericanos, según los estudios efectuados por la investigadora mexicana Josefina Muriel.

Uno de los momentos más importantes en la vida monástica femenina fue la profesión de votos perpetuos en la cual se empleaba, desde mediados del siglo XVIII, como complemento litúrgico además del hábito la corona, el ramo, la vela y la imagen del Niño Dios. Estos elementos pueden apreciarse en las llamadas pinturas al óleo conocidas como “monjas coronadas”.

El tercer cuadro en antigüedad, pertenece a sor Juana de la Natividad de la Barreda, hecho en diciembre de 1734.

El último retrato en antigüedad, de esta serie, corresponde al que se observa a nuestra mano derecha y que nos muestra el rostro de sor María Dominga de San José de Nuestra Madre Santa Catalina y Araníbar, pintado en junio de 1884.

El Claustro Mayor y la Vida de María y Jesús
En el amplio Claustro Mayor del monasterio de Santa Catalina, donde se ubican los confesionarios, es el lugar donde se muestran las pinturas realizadas en torno a la vida de la Virgen María y la Vida de Jesús. Son 32 en total, de los cuales 23 narran la vida de la Virgen y 9 la vida de Jesús.

Aunque no se tiene conocimiento del nombre del autor de las pinturas, esta serie comienza con un cuadro en que se presenta al santuario del Monasterio de Monserrat, en la diócesis de Cataluña. En un extremo de ese primer cuadro aparece el retrato del donante. El donante es la persona que ordena y sufraga los gastos del trabajo artístico. En este caso concreto el retrato corresponde al obispo Juan Otárola Bravo de Lagunas.

También existe en uno de los cuadros finales de la serie, el año en que fueron realizadas las pinturas: 1722.
Toda esta información coincide con el periodo pastoral del duodécimo obispo de Arequipa que comenzó en 1714 y concluyó con su muerte en 1723.

Los cuadros de la Anunciación y de la Coronación de la Virgen María presentan un magnífico brocateado.

Desde el siglo XVII en el Perú, debido a la influencia de la Escuela Cusqueña, se extiende el gusto por realizar "brocateados", es decir, aplicar pintura dorada sobre halos de santidad, vestiduras y cortinajes.

Por esta época se intensifica también la realización de lienzos a escala industrial; hay talleres en el Cusco, como el de Mauricio García y Delgado, que suscriben contratos que les compromete a realizar, por ejemplo, cuatrocientos treinta y cinco lienzos en siete meses.

En los cuadros en que se presenta el “Tránsito de la Virgen María” se aprecia la imprimación con ceniza que daba un tono uniforme gris pardo, recurso técnico que igualmente venía del siglo XVII.

En la Pinacoteca
El antiguo dormitorio común, convertido en una Pinacoteca alberga a dos series de Cuadros: la Vida de Santa Catalina y una variada de cuadros sobre Santos, Cristos y Vírgenes.

Aunque la mayoría de los cuadros que narran la Vida de Santa Catalina de Sena se encuentran en la última sala destinada a Pinacoteca, un total de 39, existen algunos que se encuentran dispuestos en las celdas del monasterio.

Es probable que, como en el caso de las otras series, los cuadros sobre Santa Catalina de Sena sean copia de grabados europeos.

En cuando a la serie más variada de Cuadros que existe en la Pinacoteca, hay algunos que destacan. Entre ellos el de San Nicolás, arzobispo de Mira, pues en la leyenda escrita al pie de la pintura nos brinda información sobre la vida monacal.

Otro que sobresale es de Santo Domino de Guzmán, fundador de la Orden Dominica, se muestra el uso del cilicio de sangre en la cintura y de la disciplina. En esta pintura se presenta el amamantamiento místico de la Virgen. Ha sido adulterado en una falsa actitud moralista, al haberse cubierto el pecho de la Virgen, probablemente en el siglo XIX y haberse tratado de cubrir, en la última década del siglo XX, el recorrido del calostro desde el seno de la Virgen hasta los labios del santo.

El cuadro de la “Virgen y el Niño”, estofado con pan de oro y esgrafiado, parece ser una copia del ícono del mismo nombre realizado en 1566 y que custodia el Museo Arqueológico de Sofía. Destaca por tener sus ojos dispuestos de tal forma que dan la impresión que nos sigue con amorosa mirada.

Es interesante también el cuadro del “Señor de los Temblores”, en una versión del siglo XVIII. En varias oportunidades hemos señalado que este cuadro podría tener también el nombre del “Señor del Mestizaje” por el mensaje que trasunta el lienzo. Los seis dedos de la mano derecha de Cristo, es una polidactilia, concretamente una hexadactilia, bastante frecuente entre los indígenas, probablemente inducida por el abuso de la quinina para combatir el paludismo.
Por otro lado la presencia de cuadros con personajes con seis dedos como el de “La Madonna de San Sixto” (1516) tiene otras connotaciones. Allí Rafael pintó seis dedos en la mano derecha del papa Sixto IV, no por que el papa tuviera seis dedos, sino por que la tradición asociaba a esta anomalía la capacidad para un sexto sentido y una capacidad para interpretar sueños proféticos. Rafael pintó también seis dedos en el pie izquierdo del san José de otra de sus obras, Los desposorios de la Virgen (1504).

Además si se observa con detenimiento el cuadro, podemos apreciar el rostro del sacerdote, del donante, que está al pié del Crucificado. Es claramente europeo, occidental. En cambio el rostro del Cristo es mestizo. Es andino. En este caso el donante resulta ser el famoso cura e historiador de finales del virreinato, Domingo Zamácola y Jáuregui.

Por la trascendencia histórica, destaca el cuadro de San Bernardo de Claraval. Este santo es patrono de los estudiantes jesuitas. Su nombre fue dado al Colegio Real que regentaron los jesuitas en el Cusco.

El donante del cuadro, un alumno jesuita, pues lleva la cinta celeste y el escudo real distintivos del Colegio de San Bernardo es Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, según los estudios del doctor Patricio Ricketts.

La presencia de este cuadro en la clausura catalina esta relacionada con las monjas Bernardina de Santa Gertrudis, Narcisa de Nuestra Señora del Pilar de Viscardo y Andía, hermanas del precursor de la independencia de América y de Manuela de la Natividad, Isabel de las Nieves Viscardo, sus tías así como de María de la Soledad Viscardo, su tía abuela. El cuadro debió ser pintado entre 1761 y 1767.