Historia de Arequipa
(En una cuartilla)
Dante E. Zegarra López
En el punto fronterizo de aquel 15 de agosto de 1540, que dividía las tierras ocupadas por los naturales Yarabayas, asentados desde San Lázaro a lo largo del valle de Chilina, y los futuros solares a poblar por los españoles; es imposible resistir la tentación de convocar espiritual e imaginariamente a ese Teniente de Gobernador que fue el fundador de Arequipa, don García Manuel de Carbajal y a ese Trece de la Isla del Gallo que fue su primer Alcalde, don Juan de la Torre.
A ellos quisiéramos, en un ejercicio de imaginación, preguntarles, inquirirles por aquella Villa Hermosa del Valle de Arequipa que pusieron bajo la protección de la Virgen Asunta.
Quisiéramos que nos contaran de sus sueños para ella, de las metas que le fijaron más allá de sus propias vidas.
Ya sabemos que esta ciudad, nacida de la decisión plebiscitaria de los 89 de sus primeros vecinos, tuvo por primer mandato de su fundador, el que esos vecinos cercasen y edificasen sus casas en ella, dentro de los primeros seis meses. Mandato que se ha cumplido siempre, sobreponiéndose a la destrucción que sembraron desde siempre los terremotos o la que causaron los hombres en las batallas intestinas que la desangraron.
Ya sabemos que esta ciudad, arraigada a su suelo por la decisión de un Cabildo
Abierto y por el consejo de los superiores religiosos, en 1582, ha sabido de ruina y reconstrucción, por eso mandato de García Manuel de Carvajal se ha cumplido siempre.
En nuestra memoria histórica desfilan las figuras de ese conjunto de hombres fundadores y vecinos, unos a pié y otros a caballo, que se trasladaron del valle de Camaná y, delante de ellos, como destacando su rol protagónico sobresalen nítidamente las figuras de dos de ellos: el muy magnífico señor don García Manuel de Carvajal y el hidalgo notorio don Juan de la Torre.
Ellos, como todos los primeros vecinos de esta Villa, construyeron sus sueños sobre ella, en su cotidiano andar y proceder en estas tierras.
Así, ese extremeño que fue don García Manuel de Carvajal, soldado de ocasión, como lo fueron muchos de los que llegaron hasta aquí, dejó como legado para la ciudad que fundó, las virtudes que practicó: pulcritud, vocación de servicio y mesura.
No es difícil comprobar que así fuera, pues muchas veces representó a la ciudad ante las autoridades en Lima y en otras tantas fue su regidor y su alcalde.
Pero la mesura de García Manuel de Carvajal, es una herencia que los hombres de esta tierra no pueden ni deben olvidar nunca. No obstante estar ejerciendo el cargo de Teniente de Gobernador y a cargo del reparto de tierras, se adjudicó once fanegadas de ella, aunque a otros vecinos les entregara muchas más.
Y don Juan de la Torre, aquel joven, también extremeño, que junto a su padre fue descubridor, conquistador y poblador de la Española y San Juan de Puerto Rico y, que luego unido a Francisco Pizarro en la aventura de conquistar nuevas tierras, mostrase su temple y pujanza al cruzar aquella línea trazada en la arena de la Gorgona y decidirse por metas más altas que la seguridad de su propia vida, ha legado todas esas virtudes y otras más a esta Villa, de la que fue testigo de su fundación y fue uno de sus primeros alcaldes.
Baste traer a la memoria el tenor de la Cédula que el rey de España firmó y en la que recuerda que este hidalgo acudió siempre con mucha puntualidad y fidelidad a su real servicio y, “tanto que sabiendo que su hijo Diego había sido desleal en una ocasión, él mismo lo entregó para que se hiciera, como se hizo, justicia de él”.
Pero, además de virtudes que Juan de la Torre practicó: sacrificio, servicio, disciplina, lealtad y justicia, este hombre principal de la ciudad, pasados los 70 años, ya de aspecto venerable, respetado y querido por sus vecinos quienes recordaban los laureles adquiridos en cien batallas, enseñó con el ejemplo otra virtud más: la del penitente. Envuelto en traje talar de bayeta negra, personalmente asumió la tarea de llevar hasta la doctrina a los indígenas para que éstos fueran cristianizados.
Observando así ese desfile imaginario de todos y cada uno de los fundadores de esta ciudad, desde los más conspicuos hasta los más humildes, conocemos las virtudes y también los defectos que dejaron como herencia a esta Arequipa, que a pesar del paso de los años, como diría el poeta:
“...aquí la tienes siempre joven,
Siempre arrimada a su volcán”.
El paso de los años, la llegada de todo tipo de nuevos moradores siempre generó la presencia de nuevas costumbres, algunas compatibles con el sello característico de la ciudad y otras en abierta oposición.
Algunas costumbres inciviles demoraron muchos años en ser erradicadas, como el de la presencia de los mercachifles, los ambulantes, que ya causaban perjuicio en las calles del 1623.
En medio de la bruma del tiempo, llegan hasta nosotros las figuras, no estereotipadas ni acartonadas de los espíritus simples, sino las plenas de vida, con alegrías y sufrimientos, con esperanzas y temores, con triunfos y fracasos, de hombres, hombres que fueron sus primeros vecinos y fundadores.
Allí casi en primera líneas está la presencia de aquellos cinco hombres, todos soldados de a pié, que participaron en la gesta de Cajamarca: Lucas Martínez, Pedro de Mendoza, Miguel Cornejo, Andrés Jiménez y Alonso Ruiz.
Lucas Martínez, el comerciante trujillano, encomendero, supo de los vaivenes y la inestabilidad de la política así como del valor de la profunda amistad de Alonso Ruiz.
Pedro de Mendoza, igualmente comerciante, orgulloso de su oficio, nunca intentó disfrazarse con apariencia señorial; incluso vivía entre los indígenas de su encomienda.
Miguel Cornejo, de familia de artesanos, ni pretencioso ni arrogante, para los usos de la época, nunca presentó una probanza de sus numerosos servicios y sus hijos tampoco plantearon ningún reclamo. Alcalde múltiples veces; teniente de tesorero durante ocho años (tarea que muchos rehuían); Maestre de Campo cuando la ciudad lo necesitó, hasta entregar la vida por la causa que defendió.
Andrés Jiménez, analfabeto, que se le nombró capitán de una partida de cien hombres a su retorno al Perú, dedicó su vida a la explotación de minas y participar en las luchas intestinas de la época.
Alonso Ruiz, analfabeto de origen humilde, compañero inseparable de Lucas Martínez, fue el procurador de Arequipa para negociar en la Corte de España la concesión de mercedes para recién fundada Villa. Y lo logró.
En el ambiente cortesano se desenvolvió muy eficientemente este hombre, que apenas aprendió a firmar su nombre.
Pero de este hombre, que lograra para Arequipa el título de Ciudad y el Escudo de
Armas que ostenta, cuenta la leyenda hecha historia en la pluma de Garcilaso, que se detuvo en medio del saqueo del Cusco para enseñar el cristianismo a un indígena deseoso de ello.
Años más tarde en España, la historia se convirtió en leyenda cuando temiendo que sus grandes riquezas fueran mal habidas dispuso su restitución a la corona, dejando al Emperador la decisión de señalarle cuánto le correspondía como justa recompensa. El Rey en vez de reducirlo a la pobreza le otorgó generosos juros de un valor perdurable.
La ciudad en la que ellos vivieron, era aquella que con justa razón el célebre
Miguel de Cervantes y Saavedra describiera en su Galatea:
“En Arequipa, eterna primavera”
Su límpido cielo, su aire, su radiante sol justificaban con creces el epíteto. Ahora es pues el momento, no sólo de recordar sino también recobrar el legado que ellos nos dejaron.
Ellos, los cinco, como los otros un tanto anónimos vecinos dejaron como simiente de la naciente urbe, sus virtudes y sus defectos que el poeta al describir la ciudad diría de ella que:
“...es una mezcla de poeta, de demagogo y militar.
Mujer en la apariencia, cuando sueña;
varón en realidad:
porque sus sueños son la trama de un turbulento meditar”.
Si, jóvenes y niños, los sueños de esta ciudad, han sido, son y deberán ser la trama de un turbulento meditar, porque como apuntaría diestramente el poeta:
¡Aquí nacieron los hombres de pensamiento y acción,
los que en la trágica lucha supieron vencer y amar!
No en vano, desde hace más de medio siglo reconocemos, en nuestro himno, que:
“Cuatro siglos forjaron la historia
Del baluarte a la libertad”.
Y la libertad, valor al que todos los hombres aspiramos, definida según la óptica de cada cual, ha sido desde siempre la lucha constante de los hombres de esta tierra.
En su entrega en sus primeros años, con el dolor contenido, con timbre de orgullo hispano diría:
“Yo la Villa más Hermosa
de Arequipa, la excelente,
lamenté sólo una cosa:
Que en Huarina la rabiosa
Se acabó toda la gente”
Pero a lo largo de este trajinar, no fueron sólo los hombres quienes gestaron las virtudes de esta Ciudad. Allí están los nombres de mujeres como Isabel de Vaca, Violante de la Cerda, Lucía y Beatriz de Padilla, Ana Bravo, María Cornejo, María Cermeño, María Rodríguez o Ana de Nava que con la renuncia personal de sus joyas pretendieron apoyar la causa de la libertad que la corona libraba en Europa.
Posteriormente, en el Cusco, en una lucha personal en defensa de su honor mancillado por quien la capturó, junto a otras 21 damas, para obligar a sus maridos a defender una causa que repudiaban, una vecina de Arequipa prefirió el solimán de la muerte, en tiempos del “Demonio de los Andes”.
Entre los miles de rostros que desfilan en nuestro recuerdo, en estos instantes, ante nuestros ojos y los de la historia, los hay de nombres de mestizos, casi desconocidos como aquellos que fueron ajusticiados al haber participado en Arequipa, en la Rebelión de los Pasquines, preludio de la Revolución de Túpac Amaru y de la lucha por la Independencia.
Nicolás Quispe, Bernardo Mamani, Simón Chagua Soncco, Marcelo Chuquicallata, Asencio Laguna y Diego Arias indios y mestizo que en enero de 1780 lucharon por seguir los dictados profundos de su alma, sintetizados en aquellos Pasquines que desde las plazas arequipeñas propagaban, por primera vez, al mundo entero, la existencia de una conciencia de la Patria peruana.
“Toda la TROPA PERUANA,
despechada con los pechostrata que queden deshechos
aniquilada la Aduana.
Casimiro el Inca ¡Viva!
a quien juramos por Rey,
que es de razón y de ley
que lo que es suyo perciba”.
Junto a ellos, aparecen en toda su plenitud aquellos que tomando el legado de las virtudes de los fundadores de la ciudad dieron todo de sí, en la lucha por la Independencia del Perú y de América.
Allí en interminable desfile de rostros anhelantes de libertad e independencia destacan con luz propia los Vizcardo y Guzmán, los Melgar, los Alejo Alvares, los Alvares Thomas, los Quirós y Nieto, los Arce, los Escobedo, los Cavero, los Pinelo, o la Centeno...
Al sentimiento unánime de indios y mestizos, fue un criollo, Juan Pablo Vizcardo y
Guzmán quien le dio sustento ideológico.
La lucha de esos indios y mestizos que ofrendaron su vida en el naciente altar de la Patria, se sublimó y extendió sus fronteras en la “Carta a los españoles americanos”, escrita en 1792. La esencia ideológica de esta precursora Carta profundamente americanista continuará teniendo vigencia cuando afirma:
“El Nuevo Mundo es nuestra Patria, su historia es la nuestra y en ella es que debemos examinar nuestra situación presente, para determinarnos por ella a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores”
Al vibrante alegato por la independencia de la Carta de Viscardo y Guzmán, realizado en Europa se unió, sin proponérselo y posiblemente sin conocerlo, el reclamo planteado en Lima por un abogado arequipeño, don Mariano Alejo Alvares.
Este mismo Mariano Alejo Alvares que tomó parte activa en la formación de la primera Junta de Gobierno que se formó en el continente, la de Chuquisaca, trabajó para que, entre los americanos, se hiciera conciencia sobre el respeto y la fe en la vida regida por normas que tuvieran por esencia el reconocimiento de la vida del hombre, a su libertad y al goce de sus derechos en general, principios jurídicos que defendió.
En tanto Viscardo y Guzmán y, Mariano Alejo Alvares, hacían lo que debían por la libertad de América en Europa, Charcas o Lima, en Arequipa un ilustrado Obispo,
Pedro José Chaves de la Rosa reformaba su Seminario con las luces de la Ilustración, convirtiéndolo en una fuente inagotable de libertad.
Allí se nutrieron los corazones y las mentes de otros tantos espíritus libres, de otros tantos arequipeños como Mariano Melgar Valdivieso, el poeta del yaraví, el idealista, el héroe de Umachiri.
Esos discípulos del Conciliar Seminario de San Jerónimo fueron los que integraron la Tertulia literaria;. Esa Tertulia que entre verso y verso formaba una conciencia de Patria. A ella pertenecieron destacadamente José María Corbacho, Benito Lazo, Ángel Fernando y Francisco de Paula Quiroz, Mariano José de Arce, y Mariano Melgar.
Con su verso y con su vida Mariano Melgar Valdivieso, luchó por la ansiada libertad:
“Oid: cese el llanto;
levantad esos rostros abatidos,
indios que con espanto,
esclavos oprimidos,
del cielo y de la tierra sin consuelo
cautivos habéis sido en vuestro suelo.”
En Umachiri, en 1815, como Auditor de Guerra e improvisado comandante de artillería,
Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso se elevó en los altares de la Patria.
Por esos años, más al sur, en Argentina, otro arequipeño, hijo de un ex Intendente de esta ciudad, Ignacio Alvares Thomas, gobernando las Provincias Unidas del Río de la Plata sentó las sólidas bases que permitieron la solemne proclamación de la independencia argentina en la ciudad de San Miguel de Tucumán, al mismo tiempo que impulsó y apoyó los planes libertarios del general don José de San Martín.
En el Perú, casi en el mismo tiempo, el abogado arequipeño Francisco de Quirós y
Nieto conspiraba contra el poder español establecido en Lima, comprometiendo en su plan al abogado Tomás Menéndez y al capitán español Pardo de Zela.
Pretendió capturar Lima con los soldados mestizos y criollos del batallón del Número. La revolución fue develada.
Conspiradores también fueron los sacerdotes arequipeños Mariano José de Arce, quien en 1814 fue el primero en pronunciarse por la Independencia del Perú y, Francisco Javier de Luna Pizarro, quien presidió el primer Congreso Constituyente del Perú.
Mas en la acción, durante la rebelión de los hermanos Angulo en el Cusco, integrando la Junta de Gobierno estuvo el arequipeño Juan Tomás Moscoso, junto al brigadier Mateo Pumacahua y al cusqueño Domingo Luis Astete.
También con las armas, luchó por la causa de la libertad el capitán arequipeño José Pinelo, durante la revolución que encabezó el cura Ildefonso Muñecas.
José Pinelo, desde Puno, pasando por Desaguadero llegó hasta La Paz, reteniéndola para la causa patriota durante casi un mes.
De ese periodo, y en Arequipa, sobresale la figura imponente de una mujer arequipeña:
Magdalena Centeno. Ella fue castigada con reclusión perpetua y obligación de servir como criada al haber alojado en su casa al precursor Mateo Pumacahua.
Estando San Martín en la costa peruana, otro arequipeño, el capitán Gregorio Escobedo y Rodríguez de Olmedo, se convirtió en caudillo de la independencia de Guayaquil y en el primer jefe de gobierno de ese puerto, hoy ecuatoriano.
Una figura casi desconocida, aunque plasmada en el lienzo de la jura de la independencia del Perú, casi tras la imagen de don José de San Martín, es la del dominico arequipeño Gerónimo Cavero Rosas.
Como Prior dominico, Maestro de Sagrada Teología y catedrático de San Marcos este
arequipeño explicó en el Cabildo Abierto de Lima que proclamó la Independencia Nacional, que no era herejía, ni cosa parecida, la libertad política del Perú. Luego albergaría en su convento y sostendría con su peculio a oficiales del ejército libertador.
En este desfile de preclaros hijos de esta tierra, exponentes de los valores cívicos en más de cuatro siglos de existencia, muchos otros han construido y construyen la Patria con la entrega, el sacrificio, el tesón y el trabajo.
Permítanme unas líneas más, en este acto de imaginación, para convocarlos, para evocarlos y señalarlos como faros luminosos a seguir, imitar y superar.
En la defensa revolucionaria de ideales cómo no identificar a Benito Bonifaz el militar-poeta o, al sacerdote revolucionario Juan Gualberto “El Deán” Valdivia o, en la defensa de la soberanía de la Patria ante el invasor chileno, a Cadenbach, Chariarse, Gonzáles, Máximo Abril, Sebastián Luna, Carlos Llosa, Mariano Bustamante, los Portocarrero: Mariano y Gabriel, Isaac Recabarren, Manuel Sebastián Ugarte o Florencio Portugal.
La fortaleza espiritual, encarnada en la vida cristiana que nos llegó desde Europa, quedó siempre patente en la vida de hombres y mujeres como la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo. Ella, que pasó la vida entera tras los muros del monasterio de Santa Catalina, supo de oración y de entrega.
También la vida cristiana quedó patente en más de una treintena de obispos como Alonso de Peralta y Robles, quien en 1609 fue arzobispo de Charcas, pasando por Pedro Díaz Durana, Fernando Pérez Oblitas y Cayetano Palavicino, obispos de Paraguay; Juan Bautista Toborga, obispo de Panamá; José Cayetano Pacheco, obispo de Buenos Aires; Juan Manuel Moscoso y Peralta, militar que llegó a arzobispo de Granada; José Marán, obispo de Concepción y Santiago de Chile; Mariano Rodríguez, obispo de Puerto Rico y arzobispo de Cuba.
Entre ellos y los arequipeños que gobernaron otras diócesis peruanas, adicionadas las personalidades de los dos primeros cardenales del Perú: Juan Gualberto Guevara y, Juan Landázuri Ricketts y la religiosidad de nuestra gente, explican el porqué del epíteto que afirma:
“Arequipa, la Roma de América”
De un turbulento meditar es la trama de la existencia de esta ciudad, no sólo en el pensamiento libertario y religioso sino el desarrollo y en el avance de la vida.
Los constructores de esa trama, en el desarrollo material y espiritual de todos los tiempos, permanentemente surgen reclamando la paternidad y el seguimiento de las virtudes de nuestro pueblo.
Allí están las personalidades de magistrados probos y juristas como los Bustamante y
Alvizuri, los Corbacho y Abril, los García Calderón, los Gómez Sánchez, los Lazo, los Martínez y Orihuela, los Pacheco y Rivero, los Quimper y otros tantos.
Toda nómina de esos constructores quedará siempre incompleta sino se incluye la de
los poetas, pintores, músicos y escritores, desde aquel general metido de fraile dominico Alonso Picado hasta César Atahualpa Rodríguez, pasando sin orden ni concierto por María Nieves y Bustamante, los Melgar, los Echevarría y Morales, los Cateriano, los Carpio y del Carpio, los Castillo, Delgado y de la Fuente, los Gamio, Herrera y Hurtado, los Llosa, La Rosa y La Jara, los Maldonado, Vargas Llosa, del Prado, Reinoso y Zegarra Ballón y otros tantos que dejaron su pensamiento escrito en millares de páginas.
Junto a ellos, músicos como Pedro Jiménez de Abril (más conocido como Pedro
Tirado), Ignacio Cárdenas, Mariano Bolognesi, Duncker Lavalle, Manuel Aguirre,
Roberto Carpio, Carlos Sánchez o Benigno Ballón Farfán y pintores, como Baca Flor, Núñez Ureta, Vinatea Reynoso, Málaga Grenet y, en la actualidad, Luis Palao, han interpretado el alma de nuestro pueblo y nuestra tierra:
“Loca de Sol y de ensueño, mi tierra es mística y brava,
Con una belleza única que a todo amor se anticipa…”
No sólo las letras y las artes han sido cultivadas en esta Arequipa donde siempre hubo “más doctores que en Salamanca”.
La ciencia, la investigación se encarnó en el espíritu de nuestros siempre jóvenes: Juan Calienes, obispo inventor del verticalímetro; Miguel Wenceslao Garaycochea y su célebre cálculo binomial; los Paz Soldán, Mateo y Mariano Felipe con sus trabajos geográficos; Mariano Rivero y Ustariz, célebre naturalista; Juan de Dios Salazar, matemático, inventor del cartabón de módulos y el metrógono; Hipólito Sánchez Trujillo el abogado e infalible astrónomo con sus predicciones sobre el sol y la luna.
Personalidades médicas como Francisco Ángel Zegarra, Manuel María y Augusto Pérez Aranibar, José Benito Montesinos; Pedro José Ramírez, Luciano Bedoya, José Antonio
Morales Alpaca, inventor de instrumentos médicos como el Forcep Alpaca; Edmundo
Escomel, estudioso de la sintomatología y tratamiento de las enfermedades de nuestro pueblo; Honorio Delgado, introductor del psicoanálisis en Sudamérica.
Este desfile interminable de personalidades, limitado por el espacio de estas páginas, es simplemente la confirmación certera y justa de aquel verso de nuestro himno que recuerda:
“Que por siempre tendrás juventudes
que renueven laureles de ayer”.
Sí. Arequipa tendrá siempre juventudes que renueven laureles de ayer pues
“Aquí, respirando ancestro, se templó mi loco empeño,
yo no he nacido peruano; yo he nacido arequipeño”
En ese espíritu, surgieron en nuestros días, para
“seguir siempre los rumbos de luz;
la bandera peruana a su frente
y en la cima del Misti la cruz”,
hombres como el sabio Pedro Paulet Mostajo, precursor de los viajes espaciales, reconocido como tal por científicos norteamericanos y de la ex Unión Soviética; José Luis Bustamante y Rivero, defensor de la soberanía en las 200 millas marinas de nuestro litoral y presidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya y, Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, diplomático y Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas.
Al tornar la vista de esa siembra del pasado, el peso de la historia nos recuerda y nos reclama, nuevamente, que es tiempo de poner el alma a germinar y ser siempre el vivero de hombres y fuerzas para dar. Así y en la sencillez del recato podremos pronunciar con el poeta:
“Esta es la Villa que fundaste;
ésta es tu siembra Carbajal;
tan promisoria y tan muchacha,
como si fuera a comenzar”
